
El jueves 3 de septiembre, a las cinco de la tarde, nos conectamos desde la página de Facebook del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón para hablar sobre los clásicos. El título de la charla fue: ¿Sobrevivirán a nuestro tiempo? Los clásicos literarios frente al siglo XXI. Tuve a mi cargo la moderación de esta charla y, aunque empezamos un poco tarde porque la tecnología también quiso participar en la conversación, finalmente pudimos sentarnos a hablar de libros, lectores, jóvenes, mujeres, adaptaciones, inteligencia artificial y, sobre todo, de por qué seguimos regresando a textos escritos hace cien, quinientos o dos mil años.
En la mesa estuvieron Ani Hernández, Silvano Cantú, Daniel Olivares Vineagra y Pedro de Isla. Diana Eréndira Reséndiz también estaba contemplada entre los participantes, pero se reportó indispuesta y no pudo acompañarnos.
Para Daniel Olivares, un clásico puede entenderse como un modelo, una referencia, algo que permanece y que sirve de punto de partida para otras cosas. También puso sobre la mesa algo que a veces olvidamos: los clásicos no son propiedad de Grecia y Roma. Cada cultura, cada lengua, cada país tiene los suyos. Son obras que consiguen salir de su lugar de origen, cruzar fronteras y seguir diciendo algo a lectores que viven en otras épocas y en otras circunstancias. El cine, el teatro y la televisión también ayudan a que esas obras vuelvan a encontrarse con nuevos públicos.
El tiempo también tiene mucho que ver con que una obra llegue a convertirse en un clásico. Pedro de Isla mencionó a Shakespeare, Cervantes, Homero, Juan Rulfo y libros como El tambor de hojalata, 1984 y Las batallas en el desierto. Una señal de que un libro va adquiriendo esa condición es que, después de muchos años, la gente todavía lo busca, lo compra, lo recomienda y vuelve a él. Pasa de una generación a otra.
Los lectores también tenemos mucho que ver en esa permanencia. Silvano Cantú recordó a Borges y su ensayo “Kafka y sus precursores”, a partir de la idea de que también nosotros elegimos a nuestros antecesores. Un libro puede haber sido escrito hace siglos, pero se vuelve nuestro cuando encontramos en él algo que necesitamos decir o entender ahora. Desde ahí llevó la conversación hacia Walter Benjamin y Ernesto Laclau para hablar de esos momentos de crisis en los que una sociedad vuelve a ciertos símbolos, historias y discursos porque necesita entender lo que está viviendo, es decir, el clásico no dice algo clásico. El clásico habla de nosotros.
Un libro puede quedarse durante años en una repisa y convertirse en un objeto viejo. Cuando alguien lo abre porque quizá quiere entender una injusticia… el libro vuelve a vivir. A partir de este momento, compartí la siguiente cuestión: ¿cómo acercamos a los jóvenes a los clásicos? Pedro contó lo que ha ocurrido con sus hijas. Nunca les impuso leer a Homero, Virgilio o Los tres mosqueteros. Primero encontraron algo que les gustaba. Harry Potter fue una de esas puertas. Después llegaron Percy Jackson y la mitología. Una de sus hijas se interesó tanto que, después de ver una película de La Odisea, comenzó a señalar qué cosas estaban mal, qué faltaba y qué habían cambiado.
Pedro recordó también una charla de Benito Taibo en Monterrey. Taibo hablaba de Harry Potter y un muchacho le preguntó por qué lo llamaba “San Harry Potter”. La respuesta tenía que ver con tres cosas: que los jóvenes se acercaran a libros grandes, que no les diera pena que los vieran leyendo y que pudieran entenderlos y hacerlos suyos. Pedro contaba que sus hijas llegaban a leer Harry Potter en los pasillos de los centros comerciales. Después, una de ellas le dijo que quería leer uno de los libros que a él le gustaban. Él no se lo impuso. Le pidió que fuera con su mamá y tomara el libro que ella quisiera prestarle.
Yo también les conté una experiencia que tuve con estudiantes de secundaria. En el programa estaban Góngora y Quevedo y pensé: si llego y les digo que hoy vamos a estudiar a estos dos señores, voy a tener un salón lleno de caras de aburrimiento. Así que decidí entrar por otro lado: por el pleito que se traían. Porque Góngora y Quevedo se daban con todo. Se tiraban burlas, indirectas, juegos de palabras y hasta insultos, pero en verso. Y eso a los muchachos les llamó la atención.
Les propuse entonces hacer sus propios “pleitos poéticos”. Unos eran Góngora y otros Quevedo. Leíamos los poemas, buscábamos qué querían decir algunas palabras, entendíamos los versos y después los decíamos en voz alta. De pronto todos leíamos sonetos. Después hicieron sus propios pleitos. Empezaron con bromas y terminaron escribiendo quejas, indirectas, reclamos y hasta declaraciones de amor.
Con Don Quijote hice algo parecido. En lugar de quedarnos solamente con el texto, llevamos algunas escenas a situaciones de ahora. Imaginamos qué pasaría si los personajes aparecieran en una patrulla, en una maquila o en cualquier situación cotidiana y grabamos pequeños videos. No quería que memorizaran datos sobre Cervantes. Quería que entendieran la historia, que la hicieran suya y que pudieran jugar con ella. Quizá me equivoque en esto, pero un clásico, cuando se vuelve algo que puedes tocar, transformar, discutir y hasta hacer reír, deja de parecer una pieza intocable.
Silvano coincidió con esta idea desde otro lugar. Los jóvenes pueden acercarse a la literatura mediante la música, el teatro, el dibujo, los videos o incluso el rap. La puerta no siempre tiene que ser otro libro. También habló de la necesidad de sacar la literatura del objeto libro y llevarla a otras plataformas. Durante la charla surgió una pregunta de Alba Medina: si en las ferias del libro vemos tantos niños y jóvenes y los libros para ellos se venden tanto, ¿por qué seguimos diciendo que los jóvenes no leen?
La respuesta de Silvano fue distinguir entre comprar un libro y vivir la literatura. El libro como objeto puede venderse mucho; lo que no siempre sabemos es qué pasa después con su contenido. Recordó que el INEGI ha medido la lectura durante décadas y que, de acuerdo con esos datos mencionados en la conversación, hoy tenemos una lectura menor que en los años ochenta. Podemos tener enormes pilas de libros en casa y, al mismo tiempo, poco diálogo con lo que contienen.
Llegamos a otra pregunta que me parece especialmente importante: ¿de qué nos siguen hablando los clásicos? Silvano puso como ejemplo Antígona y habló de Antígona González, de Sara Uribe, una obra que lleva aquella historia hacia el México de las desapariciones y la violencia. El hermano desaparecido de Antígona se convierte en otro hermano, otro cuerpo que falta, otra historia que no encuentra respuesta. La obra original cambia de contexto, pero la pregunta por la ley, la autoridad, el poder y la justicia sigue ahí. El clásico, como dijo Silvano, nos traduce a nosotros mismos.
Ani Hernández habló de Frankenstein y de La metamorfosis. Frankenstein puede llevarnos hoy a preguntarnos por los límites de la creación artificial. La metamorfosis puede leerse desde el agotamiento, la productividad, la presión por ser útiles y el derrumbe de una persona cuando deja de responder a las exigencias que los demás esperan de ella. Son problemas que podemos reconocer, aunque hayan sido escritos en otro momento.
También hablamos de las mujeres en los clásicos y de cómo ha cambiado nuestra manera de leerlas. Aparecieron Antígona, Lisístrata, Safo, Sor Juana y Jane Austen. Durante mucho tiempo, muchas autoras quedaron fuera de la historia literaria. Ani mencionó Mansfield Park y la forma en que hoy podemos leer desde otra sensibilidad temas como la esclavitud. Un libro puede incomodarnos y eso no significa que debamos borrarlo. Podemos entender su momento histórico, reconocer sus ideas injustas y preguntarnos cuánto hemos cambiado.
¿Qué hacemos cuando la vida de un autor entra en conflicto con su obra? Pedro puso como ejemplo a Milorad Pavić, cuya obra admira, aunque rechaza por completo su postura política. Lo resumió así: podemos admirar un libro y no querer tomarnos un café con quien lo escribió.
Dialogar sobre los clásicos también nos lleva al presente, donde herramientas como ChatGPT y otras inteligencias se alimentan, en buena medida, de lo que los seres humanos hemos escrito durante siglos. Los clásicos forman parte de nuestra cultura. Pero, si las máquinas pueden escribir cada vez mejor, ¿qué nos queda? Silvano comentó: hay que escribir humano, hay que escribir desde el cuerpo. Desde lo que vivimos, sentimos y padecemos. Quizá por eso algún día volvamos a los juglares, a contar historias alrededor de una fogata. Mientras alguien tenga algo que contar desde su propia experiencia, la literatura seguirá viva.
Durante la charla quedaron muchas preguntas sobre la mesa. Podríamos haber seguido otra hora y, seguramente, todavía nos habría faltado hablar de muchas cosas. También fue importante escuchar las preguntas de quienes estaban siguiendo la transmisión.
Agradezco a Ani Hernández, Pedro de Isla, Silvano Cantú y Daniel Olivares Vineagra por haber aceptado participar y por hacer de esta conversación algo mucho más amplio que una definición de lo que es o no es un clásico. Por fortuna, después de esta conversación, pueden seguir leyendo tranquilos. Todo parece indicar que los clásicos todavía no piensan jubilarse.
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