Cuando los niños aprenden a crear monstruos… y también historias, por Nadia Contreras


Este verano, del 20 al 24 y del 27 al 31 de julio, la Galería del IMCE se llenó de seres fantásticos. Ahí se realizó La Academia de cazadores de monstruos literarios, una propuesta dirigida a niñas y niños de entre 6 y 12 años e impartida por Alexandra Moreno y quien escribe estas líneas.

La idea nació de algo muy sencillo. A casi todos los niños les fascinan los monstruos, las aventuras y los universos fantásticos. En lugar de limitarse a escuchar relatos, la invitación fue convertirse en autores. A lo largo de diez sesiones leyeron, dibujaron, imaginaron personajes y, al final, cada participante escribió e ilustró su propio cuento. Dejaron de ser únicamente lectores para asumir el papel de escritores.

Entre las lecturas estuvieron Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, y El Grúfalo, de Julia Donaldson, historias que les permitieron reflexionar sobre las emociones, la inteligencia y la imaginación. También se acercaron a Gianni Rodari, Horacio Quiroga, Arnold Lobel y Carmen Leñero, descubriendo que los monstruos y los mundos fantásticos pueden surgir de muchos lugares, incluso de nuestras propias raíces.

Una de las cosas que más disfrutamos fue comprobar que la experiencia no se quedó únicamente en la lectura. Primero elaboraron su credencial de exploradores. Después construyeron la ficha de su personaje: eligieron su nombre, definieron dónde habitaba, qué alimentos prefería, cuáles eran sus poderes, sus debilidades y sus rasgos de personalidad. Más adelante asumieron el papel de periodistas para entrevistarlo y, finalmente, realizaron un cartel de "Se busca", con retrato, características y una recompensa tan original como divertida.

Más adelante imaginaron el territorio donde vivía cada criatura. Montañas, cuevas, bosques, pueblos y lagos aparecieron sobre el papel hasta convertirse en escenarios únicos. Solo cuando ya tenían personaje y escenario comenzaron a planear el relato: pensaron en el inicio, el conflicto y el desenlace.

En total participaron 16 niñas y niños. Antes de pedirles escribir un cuento completo, primero construyeron al personaje, imaginaron su mundo y conocieron cada detalle de esa criatura inventada. La diferencia entre un niño de seis años y otro de doce es amplia. Sus intereses, su manera de expresarse y sus ritmos de trabajo son distintos. En algunos momentos los mayores necesitaban desafíos más complejos, mientras que los más pequeños requerían mayor acompañamiento. A pesar de ello, el grupo logró avanzar y casi todos llegaron al cierre con un personaje propio y una narración completamente original.

Lo más valioso fue ver a esos niños reconocer que ellos también pueden inventar mundos. No están destinados solamente a leer las historias que otros escribieron; tienen la posibilidad de imaginar y construir las propias. Un monstruo puede ser aterrador, pero también curioso, divertido, misterioso o convertirse en un compañero de aventuras. Al finalizar este taller nos quedó la certeza de que la creatividad necesita espacios donde pueda jugar, equivocarse y encontrar nuevas formas de expresarse. Cada dibujo, cada personaje y cada relato fueron una muestra de que la imaginación sigue siendo una herramienta poderosa para mirar el mundo de otra manera.

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