EL CEREBRO TAMBIÉN ESCRIBE El cerebro y la antigua obsesión de entendernos, por Nadia Contreras


Hay algo humano —y también íntimo— en la necesidad de intentar comprender qué ocurre dentro de nuestra cabeza. Mucho antes de los laboratorios, de las resonancias magnéticas y de palabras sofisticadas como “sinapsis” o “neurotransmisor”, ya existían personas observando con asombro que un golpe en el cráneo podía modificar la conducta de alguien, alterar su lenguaje o borrar fragmentos enteros de memoria, como si el pasado pudiera desprenderse dentro del cuerpo.

Los antiguos egipcios practicaban trepanaciones sin conocer todavía el funcionamiento del cerebro. Abrían el cráneo guiados más por la intuición que por la ciencia. Y, sin embargo, algo empezaban a sospechar: cuando el cerebro cambia, también cambia la persona. Cambia su manera de hablar, de caminar, de recordar a quienes ama. Cambia incluso la forma en que mira el mundo. Tal vez ahí nació una de las preguntas más antiguas: ¿dónde termina el cuerpo y dónde comienza eso que llamamos mente?

La historia de la neurociencia es, en el fondo, la historia de una obsesión. La obsesión de entender quiénes somos. Durante siglos, médicos, filósofos y pensadores buscaron el lugar exacto donde habita el pensamiento. Intentaron descubrir de qué están hechas las emociones y cómo algo tan frágil y blando como el cerebro puede producir recuerdos, imaginación, lenguaje, miedo, conciencia o poesía.

Hoy sabemos que el cerebro funciona mediante pequeños impulsos eléctricos y reacciones químicas diminutas. Sabemos que millones de neuronas conversan entre sí de manera ininterrumpida, formando redes complejas y silenciosas. Sabemos que la memoria puede transformarse, que las emociones modifican el aprendizaje y que el cerebro cambia gracias a la neuroplasticidad. Pero incluso ahora, rodeados de tecnología y avances científicos, seguimos detenidos frente al mismo asombro primitivo: cómo un conjunto de células puede producir tristeza, amor, identidad o esperanza.

Quizá por eso las neurociencias nunca han pertenecido solo a la medicina o a la biología. También dialogan con la filosofía, la psicología, la antropología, la educación y la literatura. Todas estas disciplinas, desde lenguajes distintos, persiguen la misma pregunta: qué significa ser humano.

1. Cuando el cerebro comenzó a observarse a sí mismo

Los primeros antecedentes de la neurociencia aparecen en el Antiguo Egipto, alrededor del año 3200 a.C. Los médicos realizaban trepanaciones craneales: perforaciones deliberadas del cráneo que hoy podrían parecernos brutales, pero que en realidad representaban algunos de los primeros intentos de observación médica sobre el cerebro humano. Lo fascinante es que aquellos procedimientos no eran rituales. Poco a poco comenzaron a notar que ciertas lesiones modificaban la conducta, el movimiento o el habla. Todavía no existía una teoría científica, pero sí una intuición poderosa: el cerebro tenía algo que ver con nuestra experiencia del mundo.

Siglos después, en la antigüedad grecorromana, figuras como Hipócrates y Galeno defendieron la idea de que el encéfalo era la sede del pensamiento. Aquello rompía con antiguas creencias que colocaban las emociones y el alma en el corazón. No existían todavía los métodos experimentales modernos, pero sí una profunda necesidad filosófica de comprender la conciencia y el cuerpo.

Muchos siglos más tarde, a finales del siglo XVIII, Luigi Galvani descubrió que los nervios respondían a la electricidad. El sistema nervioso dejó de entenderse como un mecanismo casi espiritual y comenzó a verse como un sistema bioeléctrico. Fue un momento decisivo: el cerebro empezaba a entrar de manera definitiva en el territorio de la ciencia experimental.

Después apareció Franz Joseph Gall, quien propuso que ciertas funciones mentales podían localizarse en regiones específicas del cerebro. Su frenología terminó siendo errónea en muchos aspectos, pero dejó sembrada una idea revolucionaria: el cerebro no era una masa uniforme. A veces la ciencia avanza así, entre errores fértiles y preguntas correctas.

Durante el siglo XIX surgió uno de los grandes debates de la neurociencia: la discusión entre localizacionistas y globalistas. Los primeros defendían que ciertas funciones pertenecían a áreas concretas del cerebro; los segundos pensaban que el cerebro funcionaba como un todo indivisible. Esa discusión todavía sigue viva, aunque ahora hablamos de redes neuronales distribuidas y sistemas interconectados.

En 1839, Theodor Schwann formuló la teoría celular y estableció que todos los tejidos vivos están compuestos por células. El sistema nervioso dejó de ser un misterio abstracto para convertirse en algo observable.

Poco después, Hermann von Helmholtz demostró que los impulsos nerviosos tenían una velocidad medible. Pensar y reaccionar ya no parecían actos instantáneos ni mágicos. Incluso la percepción dependía del tiempo. La mente, de pronto, tenía límites físicos.

2. El día en que aparecieron las neuronas

La posibilidad de observar neuronas completas bajo el microscopio llegó casi como un accidente poético de la ciencia. En 1873, Camillo Golgi desarrolló una técnica de tinción con nitrato de plata que iluminaba las células nerviosas en medio de la oscuridad del tejido cerebral. De pronto, aquello que durante siglos había permanecido oculto comenzó a revelarse poco a poco bajo el lente. Era como encender una lámpara dentro de la oscuridad de un bosque.

Y alguien tenía que aprender a mirar ese bosque.

Ese alguien fue Santiago Ramón y Cajal.

Hay algo hermoso en la historia de Ramón y Cajal porque observaba el sistema nervioso con una mezcla extraña de rigor científico y sensibilidad artística. Pasaba horas dibujando neuronas. Sus ilustraciones parecen raíces, árboles diminutos o galaxias extendiéndose sobre el papel. Viéndolas, uno entiende que parte de la neurociencia moderna nació también de la contemplación.

Gracias a esos estudios apareció una idea revolucionaria para la época: el cerebro no era una masa continua, sino una compleja red de células individuales comunicándose entre sí. Entre 1888 y 1895, Ramón y Cajal terminó de formular la doctrina de la neurona y abrió la puerta hacia buena parte de la neurociencia contemporánea. Incluso anticipó algo que hoy sigue maravillándonos: la capacidad del cerebro para transformarse.

Mientras tanto, en otro rincón de Europa, Hermann Ebbinghaus decidió convertir su propia mente en laboratorio. Pasaba horas memorizando sílabas sin sentido para estudiar cómo recordamos y cómo olvidamos. Puede parecer extraño —y quizá un poco obsesivo—, pero gracias a ello la memoria comenzó a estudiarse de manera experimental.

Poco después apareció otra necesidad muy humana: poner orden dentro de aquel territorio desconocido. Así nació el famoso mapa cortical de Korbinian Brodmann, quien dividió la corteza cerebral en distintas regiones según su estructura celular. El cerebro empezaba a adquirir geografía, fronteras, nombres.

Y entonces ocurrió una de esas escenas que parecen escritas para una novela: en 1906, Golgi y Ramón y Cajal compartieron el Premio Nobel de Medicina aun defendiendo teorías opuestas sobre el sistema nervioso. Los dos observaban el mismo misterio, pero veían cosas distintas. La ciencia, igual que la literatura, también avanza desde el desacuerdo.

3. Cuando el pensamiento se volvió electricidad y química

Con el siglo XX llegó una transformación enorme: el cerebro dejó de parecer una estructura silenciosa y comenzó a entenderse como un sistema dinámico, eléctrico y químico.

Poco a poco, distintos investigadores descubrieron que las neuronas no nada más se activaban; también podían inhibirse unas a otras. Aquella observación de Charles Scott Sherrington cambió muchas cosas. Sin inhibición no existirían la pausa, el autocontrol ni quizá gran parte de la convivencia humana. Pensar también implica contener.

Años después, Edgar Adrian describió el principio del “todo o nada” del impulso nervioso. La neurona dispara o no dispara. Parece algo simple, pero detrás de esa lógica binaria terminarían apareciendo pensamientos, emociones, recuerdos y decisiones humanas enteras. Resulta impresionante pensar que algo complejo como el amor pueda surgir de millones de pequeños impulsos eléctricos.

Y luego apareció la química.

Los experimentos de Otto Loewi y Henry Hallett Dale demostraron que las neuronas se comunicaban mediante sustancias químicas. La acetilcolina fue uno de los primeros neurotransmisores identificados. El pensamiento ya no era electricidad: también era química, materia, intercambio.

A partir de los años sesenta, la neurociencia comenzó a mezclarse con otras disciplinas y el cerebro empezó a estudiarse no como un órgano aislado, sino como una estructura conectada con el cuerpo, el lenguaje, la memoria, las emociones y el entorno.

Durante la llamada Década del Cerebro, las investigaciones crecieron de manera acelerada. Nuevas tecnologías permitieron observar el cerebro en funcionamiento casi en tiempo real. Por primera vez, la humanidad podía mirar cómo se encendían ciertas regiones mientras alguien hablaba, recordaba o sentía miedo.

Y aquí estamos ahora, en pleno siglo XXI, intentando descifrar todavía el mismo misterio. La neurociencia conversa hoy con la inteligencia artificial, la filosofía, la antropología y la educación porque el cerebro dejó de entenderse como una máquina aislada. Ahora sabemos que también está hecho de vínculos, lenguaje, experiencia, memoria y cultura.

4. Aprender también transforma el cerebro

Uno de los hallazgos más conmovedores de las neurociencias contemporáneas es la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro para modificarse a lo largo de la vida. Durante mucho tiempo se creyó que el sistema nervioso permanecía inmóvil después de la infancia. Hoy sabemos que no es así.

Cada experiencia deja una huella. Cada aprendizaje modifica conexiones neuronales. Cada emoción intensa reorganiza, aunque sea de forma sutil, nuestra arquitectura interior. Aprender no significa acumular información: significa que algo dentro de nosotros se reorganiza.

Desde la neuroeducación, esto resulta fundamental porque permite comprender que el aprendizaje no depende solo de la repetición o de la memoria mecánica. Las emociones, la atención, la motivación, el entorno y los vínculos afectan la manera en que aprendemos.

No existen dos cerebros idénticos. Cada persona procesa el mundo de forma distinta porque cada vida deja marcas distintas. La memoria, el lenguaje y la conducta son el resultado de una compleja conversación entre biología, cultura y experiencia.

Quizá por eso la neurociencia resulta fascinante. Porque, en el fondo, estudiar el cerebro es otra manera de estudiarnos a nosotros mismos. Cada descubrimiento científico termina devolviéndonos a preguntas antiguas y humanas: qué recordamos, por qué olvidamos, cómo amamos, qué nos duele, qué nos convierte en quienes somos.

Y tal vez sea ahí —en ese territorio donde la memoria, el dolor y la conciencia intentan explicarse— donde la ciencia vuelve a encontrarse con la literatura.


Fotografía tomada de Pexels.

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