
Vi El gran diluvio sin demasiadas expectativas. Pensé que sería una película de catástrofes, pero no. Lo que encontré fue algo mucho más íntimo e incómodo: una historia que no habla tanto del fin del mundo como del colapso de ciertas ilusiones. O, al menos, así la experimenté yo: esas ilusiones que intentan sostenerse cuando es demasiado tarde.
Es una película surcoreana de ciencia ficción y drama, dirigida por Kim Byung-woo, estrenada en 2025 y distribuida por Netflix a nivel mundial. Está protagonizada por Kim Da-mi, Park Hae-soo y Kwon Eun-seong. La trama se sitúa en un futuro cercano, marcado por un desastre climático global que amenaza con extinguir a la humanidad. Según la ficha técnica, tiene una duración de 108 minutos.
An-na es una científica atrapada en un mundo que se inunda de forma paulatina mientras intenta salvar a su hijo. El nivel del agua asciende y grandes olas amenazan con sobrepasar el piso 30. La tensión es constante. Llega un punto en que una, mientras observa la pantalla, percibe otro tipo de encierro: el que se instala en la mente, en lo emocional, en lo simbólico.
El diluvio no solo ocurre afuera.
También sucede dentro.
Conforme avanza la historia, entendemos que ese mundo anegado es una simulación: un experimento de inteligencia artificial diseñado para preservar algo más importante que la vida biológica: la experiencia emocional humana.
No se trata de salvar cuerpos, sino de resguardar aquello que nos vuelve humanos cuando no queda nada más.
El golpe más duro —y también el más silencioso— llega cuando se revela que el hijo de An-na murió en el mundo real. Todo lo que ella atraviesa es un bucle sostenido por la negación del duelo. El sistema no falla: persiste.
¿En qué persiste? En observar cómo una madre ama, cómo se resiste a aceptar la pérdida, cómo lo intenta todo aun cuando no existe una salida posible.
El experimento, lo sabemos mientras avanzan las imágenes, no persigue lógica.
Persigue emoción.
Aquí la película es contundente: la inteligencia artificial no sirve de nada sin emociones. Dicho de otro modo, una mente brillante, una mente sin duelo, sin amor, sin memoria afectiva, es una estructura vacía.
Entonces, ¿qué nos define como humanidad? ¿El dolor? ¿O aquello que no pudimos preservar?
Mientras la veía, no pude evitar sentir que mi propia vida ha tenido algo de inundación. Episodios en los que el agua emocional sube sin aviso: despedidas, vínculos rotos, versiones de mí misma que dejaron de existir. Como An-na, muchas veces intenté rescatar lo que ya no estaba ahí. Repetir la escena. Negar el desenlace.
Insistir.
Ahí es donde la película se volvió verdaderamente personal.
Una ruptura amorosa también es un diluvio. No solo por lo que se pierde en lo material, sino por la forma en que algunos hombres se justifican para quedar a salvo: que no hubo hijos, que ella tenía mejor posición económica, un cargo, una empresa, que siempre fue independiente.
Con ese discurso se absuelven y reescriben el pasado. Queda fuera lo esencial: una casa construida a la par, decisiones tomadas en conjunto, una vida invertida en la promesa de permanecer.
Algo se fractura, las reglas cambian y, de pronto, nada de eso importa. El agua entra sin anunciarse, no de golpe, sino filtrándose poco a poco, hasta que un día todo queda sumergido. Una intenta salvar la historia, las promesas, la versión de futuro que había imaginado.
Insiste.
¿El amor intenta no desaparecer? Quizá.
Pero llega un punto —como le ocurre a An-na— en el que seguir adelante no significa dejar de amar, sino transformar la forma en que ese amor habita dentro de una. Integrar la pérdida, aceptar que no todo lo que fue verdadero estaba destinado a quedarse.
El gran diluvio no es una película cómoda ni perfecta. Es irregular, por momentos desconcertante, pero profundamente honesta. Su metáfora es clara: sobrevivir es aprender a recordar sin ahogarse.
La recomiendo. Si tienen tiempo, disfrútenla.
Fotografía tomada de Internet.
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