Una mañana en Radio Ibero con Mónica Rodríguez Corona y Luisa Villarreal Madero, por Nadia Contreras


El 20 de mayo fui a Radio Ibero y terminé riéndome tanto que no supe en qué momento estábamos en literatura, neurociencia, poesía… o un perro muerto que, para mi desgracia o fortuna, se volvió personaje oficial de mi obra.

Me la pasé increíble con Mónica Rodríguez Corona y Luisa Villarreal Madero, cofundadoras de Otroras. Fue de esas conversaciones en las que una inicia en poesía y termina confesando que le gusta ver radiografías, expedientes médicos y cirugías en pantalla gigante.

Hablamos de mis primeros acercamientos a la poesía, de aquella adolescencia extraña y oscura en la que descubrí que los poemas servían para sostener el tiempo. Volví a contar cómo Amado Nervo llegó a mi vida casi por azar y abrió la puerta a un universo entero de escritores. Después llegaron Rosario Castellanos, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y muchos otros fantasmas literarios que desde entonces me acompañan.



También platicamos sobre cómo mi obra mezcla cada vez más literatura con ciencia, medicina. Me interesa la neurociencia, la psicología, la psiquiatría, la antropología, la filosofía de la mente y la forma en que el cerebro construye lo que vemos. También aparecen la física de la luz, la biología del ojo y los estudios de la percepción. Me gusta hablar de ojos, colores, daltonismo, ansiedad, glaucoma, resonancias magnéticas y alteraciones mentales. En algún momento dije que, en otra vida, habría querido ser una mezcla imposible entre Marie Curie y Oliver Sacks.

También compartí y leí algunos poemas de Otras claridades, publicado en 2025 por Buenos Aires Poetry. Es un libro de poesía donde la voz se fragmenta entre distintos personajes —Ava, Liam y Nil— y una narradora que se mueve entre la memoria, el delirio y la escritura. El libro recorre hospital, mente y lenguaje: habla del dolor, la enfermedad, la locura y la escritura.

Nos reímos muchísimo cuando empecé a explicar mi “cóctel oftalmológico”: miopía, astigmatismo, daltonismo, nistagmo, estrabismo y vista cansada. Creo que el productor ya no sabía si entrevistaba a una escritora o si armaban el expediente clínico de una paciente. En plena transmisión me dijeron que me quedara quieta, porque el movimiento se escuchaba en los micrófonos. Y yo, obediente unos minutos… hasta que volví a mover las piernas.

También salió el tema de mis libros, de cómo casi todos parten de experiencias personales, aunque a veces intente disfrazarlo. Hablamos de Lo que queda de mí, de esa conversación dolorosa con la madre biológica, de las preguntas sobre el abandono y la identidad, y de cómo con los años una aprende a reconciliarse con la propia historia.

Y claro, apareció el internet. Ahí sí me dio el viejazo sabroso. Recordamos los primeros blogs, el sonido inolvidable del módem cuando se conectaba y aquella época en la que una subía cualquier texto a la red con inconsciencia y mucho entusiasmo. Hablamos de cómo empezó Bitácora de vuelos ediciones, primero como blog personal y después como editorial. Yo emocionada al contar cómo descubrí que alguien podía leer textos desde cualquier parte del mundo y cómo eso cambió la forma de construir comunidad alrededor de la literatura.

También nos fuimos hacia los celulares Nokia y los Ericsson, más delgados y pequeños en su época, cuando el resto de los teléfonos eran casi ladrillos, bloques de concreto en la mano. Incluso hacíamos competencias absurdas para ver cuál vibraba más fuerte y, por lo tanto, “caminaba” —sí, esos Nokia que casi parecían moverse solos— y todo ese recuerdo tecnológico.

Platicamos sobre autopublicación, plataformas digitales y el momento actual en el que cualquiera puede subir un libro a internet y asumirse autor consagrado. Hablamos de la importancia de tener lectores honestos, de la necesidad de corregir, editar, reescribir y aceptar que no todo lo que una escribe merece sobrevivir. Yo misma confesé que aún tengo que hacer limpiezas espirituales en mi blog y borrar textos completos porque dan más miedo que ternura.

Hubo también una conversación sobre comunidad y gestión cultural. Sobre cómo la literatura no debería quedarse en espacios elitistas ni hablar solo para especialistas. Porque una llega a la literatura casi siempre por algo simple: alguien que comparte un poema, una lectura o una conversación que cambia la vida sin hacer ruido. Hablamos de festivales, clubes de lectura, proyectos independientes, la importancia de dejar archivo y memoria de lo que hacemos, y de cómo las mujeres ocupan cada vez más espacios dentro de la escritura.

También apareció el famoso perro muerto. Ni siquiera recuerdo cómo llegamos ahí, pero terminó siendo una especie de personaje recurrente dentro de mi universo literario.

Lo más bonito de la charla fue confirmar algo que siempre he pensado: la literatura no debería sentirse lejana. Tendría que regresar a las calles, a las colonias, a las conversaciones cotidianas, a las personas que creen que quizá los libros no son para ellas… hasta que encuentran uno que cambia la vida.

Entre risas, anécdotas de hospitales, recuerdos adolescentes, expedientes médicos, blogs viejos, celulares prehistóricos y carcajadas, la entrevista terminó en una conversación viva. Salí de ahí con el corazón muy contento.

Aquí pueden ver la trasmisión: 


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