EL CEREBRO TAMBIÉN ESCRIBE El cerebro: ese universo silencioso que llevamos dentro, por Nadia Contreras


Cuando me dijeron que el cerebro intenta comprenderse a sí mismo, no supe si poner cara de qué pasó o de soltarme a reir. Y ocurre, claro. A veces olvidamos que todo lo que somos ocurre gracias a una actividad biológica incesante, silenciosa. Lo que recordamos, lo que nos produce miedo, o la evocación de un poema o un episodio de la infancia, es más, cada gesto depende de una compleja red de comunicación que nunca se detiene: el sistema nervioso.

El sistema nervioso es, en esencia, el gran traductor del cuerpo. Recibe información del mundo exterior, interpreta señales internas y coordina respuestas, esto con el objetivo de mantenernos vivos. Es una red formada por el cerebro, la médula espinal y miles de nervios distribuidos por todo el organismo. Y aunque solemos imaginarlo como algo abstracto, en realidad se trata de materia viva: células, impulsos eléctricos, sustancias químicas y tejidos que trabajan de manera coordinada.

Desde la biología, el sistema nervioso suele dividirse en dos grandes regiones. Por un lado está el sistema nervioso central, formado por el encéfalo y la médula espinal; por otro, el sistema nervioso periférico, compuesto por nervios que conectan el cerebro con el resto del cuerpo.

Si lo explicamos de esa manera, puede sonar demasiado técnico. Tal vez sea más sencillo imaginar que todas las partes del cerebro están conversando entre sí todo el tiempo. Veamos: los ojos envían información visual, la piel registra temperatura y presión, los músculos reportan movimiento, el corazón modifica su ritmo y el cerebro integra todo eso para producir una experiencia coherente de la realidad.

El cerebro, por supuesto, ocupa un lugar central en este sistema. Pesa alrededor de kilo y medio y, sin embargo, contiene una complejidad difícil de imaginar. Su peso no parece mucho si consideramos todo lo que es capaz de hacer. Está formado por miles de millones de neuronas que se comunican entre sí mediante impulsos eléctricos y neurotransmisores, pequeñas sustancias químicas que permiten el intercambio de información entre células. ¿Y todo esto para qué? Para pensar, recordar, emocionarnos, aprender, relacionarnos con el mundo.

Esa comunicación ocurre a velocidades impresionantes. Mientras leemos una frase, por ejemplo, diferentes regiones cerebrales reconocen letras, las interpretan; relacionan recuerdos, generan emociones.

Lo que voy a compartirles a continuación me parece asombroso: leer es uno de los actos más sofisticados del cerebro humano. Ningún ser humano nació biológicamente preparado para leer; el cerebro tuvo que adaptar circuitos antiguos, en su origen, destinados al reconocimiento visual y al lenguaje oral, para convertir símbolos escritos en significado. Cada lector es, en cierto sentido, una prueba viva de la plasticidad cerebral. Y aquí aparece una de las ideas más fascinantes de la neurociencia contemporánea: el cerebro cambia de manera constante.

Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro adulto era una estructura rígida e inmodificable. Hoy sabemos que no es así. El cerebro tiene la capacidad de reorganizarse según la experiencia, fortalecer conexiones neuronales y modificar patrones de respuesta. A este fenómeno se le llama plasticidad cerebral. Aprender un idioma, tocar un instrumento, enamorarse, atravesar un duelo o desarrollar un hábito altera las conexiones neuronales a nivel físico. La experiencia deja huellas biológicas.

¿Qué significa esto? Que vivir transforma al cerebro. 

Lo que queda claro aquí es que no somos organismos estáticos. Cada experiencia importante reorganiza un poco nuestra arquitectura interna. El cerebro escribe sobre sí mismo mientras existimos. ¿Ya vieron de donde salió el nombre de este espacio? ¡El cerebro también escribe!

Quizá por eso las emociones tienen tanto peso en la memoria.

Las neurociencias demuestran que el aprendizaje no depende de la lógica o de la repetición. Las emociones participan de manera decisiva en la manera en que retenemos información, construimos recuerdos. El sistema límbico —una región relacionada con la emoción, la motivación y la memoria— juega un papel importante en este proceso. 

Ampliemos más: dentro de este sistema aparecen estructuras como la amígdala cerebral y el hipocampo. La amígdala ayuda a procesar emociones intensas, sobre todo, aquellas relacionadas con el miedo o la alerta. El hipocampo, en cambio, participa en la formación de recuerdos y en la organización de experiencias.

Cuando una situación tiene una fuerte carga emocional, el cerebro suele recordarla con mayor intensidad. Tal vez por eso casi todos podemos recordar dónde estábamos durante una pérdida importante, una noticia catastófica o un momento feliz. La emoción funciona como una especie de marcador biológico que le dice al cerebro: “esto importa”.

De Antonio Damasio, reconocido neurólogo y neurocientífico portugués, destacan sus contribuciones en la comprensión de las emociones, la toma de decisiones y la neurobiología del comportamiento humano. Durante años, ha insistido en que emoción y razón no son enemigas, sino sistemas entrelazados. Las decisiones que creemos racionales también están moldeadas por emociones y sensaciones físicas.

Durante mucho tiempo la educación se construyó bajo la idea de que aprender era un acto solo intelectual. Pero el cerebro no funciona así. La atención, la motivación, el estrés, el miedo o la curiosidad modifican la manera en que procesamos información. Queda claro entonces que un cerebro agotado, ansioso o saturado si nos referimos a lo emocional, aprende con más dificultad. Por el contrario, el interés, el asombro y el placer facilitan la consolidación de nuevos aprendizajes. Francisco Mora, referente internacional en Neuroeducación, lo resume de manera hermosa: “solo se puede aprender aquello que se ama”.

¿Qué más podemos agregar a este tema? Que en nosotros hay algo más que procesos biológicos. Somos memoria cultural, lenguaje, vínculos, experiencias, símbolos y narraciones personales.

El cerebro humano evolucionó para vivir en comunidad. Por eso el aislamiento prolongado afecta tanto la salud mental y emocional. Necesitamos conversación, afecto, contacto y reconocimiento. Desde el punto de vista neurológico, el ser humano es una criatura social. 

Quizá lo más asombroso de todo lo que hemos revisado aquí sea esto: pensar que toda la historia humana —las pinturas rupestres, la música, las guerras, la filosofía, la poesía, la literatura, las religiones, los sueños y las ciudades— nació dentro de un órgano blando y eléctrico que llevamos suspendido en la oscuridad del cráneo. Todo lo que hemos amado, destruido, imaginado o temido salió de ahí. Y lo más inquietante es que sigue ocurriendo ahora mismo, mientras pensamos, recordamos o leemos estas palabras.

Fotografía tomada de Internet. 

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