Leer a Adrienne Rich y no salir intacta, por Nadia Contreras


Dentro del encuentro “Las mujeres toman Torreón 2026”, en el taller Duna de versos —actividad del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, en colaboración con la Coordinación de Literatura— revisamos la poesía de Adrienne Rich. La sesión tuvo lugar ayer, 26 de marzo de 2026, en la galería del IMCE (Juárez y Colón).

Adrienne Rich no comenzó siendo la poeta que después llegó a ser. Y eso importa decirlo, porque a veces creemos que las autoras “nacen” con una voz poderosa… y no. Rich nació en 1929, en Baltimore, en un entorno profundamente marcado por lo masculino —su padre, médico y académico; su formación, de corte clásico—, y sus primeros poemas son pulcros, contenidos, casi obedientes. Pero algo se fractura en los años sesenta: su vida doméstica, el matrimonio, la maternidad (tres hijos)… y entonces comienza a escribir de otra manera. Ya no quiere sonar bien: quiere decir.


Eso se percibe de inmediato cuando entramos a “Instantáneas de una nuera”. Desde el inicio, el poema incomoda. Leemos: “Tu mente ahora, desmoronándose como una tarta nupcial”. El pastel, símbolo máximo de celebración, de unión, de “felicidad femenina”, se transforma en algo que se deshace, se corrompe, no sostiene. Hay aquí una lectura feminista muy clara, pero también antropológica: el matrimonio como institución no es solo afecto, es estructura, control, repetición cultural.

Luego aparece la nuera, esa mujer en la cocina, golpeando la cafetera, secando cucharas, cumpliendo lo que se espera de ella… pero escuchando otra cosa en su interior: “No seas paciente”, “Sé insaciable”, “Sálvate a ti misma”. Mientras preparaba el taller, no dejaba de pensar en esto: toda nuestra educación emocional va en sentido contrario. Nos enseñan a esperar, a cuidar, a sostener, a postergarnos. Y de pronto Rich dice: no. Haz lo opuesto. Claro… eso no es gratuito, como se percibe tanto en su poesía como en su vida.

Cuando una mujer empieza a pensar —y aquí me detengo, porque algo de esto me atraviesa; irónicamente, tengo una madre que asegura que estudiar me ha hecho daño— ocurre esto: “Una mujer que piensa duerme con monstruos”. Llama la atención que esos monstruos sean, sobre todo, aquello que no encaja con la imagen de “buena mujer”. Pensar no es solo reflexionar: es descender. Es abrir la puerta a lo que inquieta de una misma.



Cuando leímos los versos donde la nuera deja que el agua le queme el brazo o sostiene la mano sobre el vapor, surgieron silencios, asombro. No es una imagen cómoda. ¿Qué ocurre ahí? Cuando no se puede nombrar el dolor emocional, ¿el cuerpo toma la palabra? ¿Será eso lo que la autora sugiere?

Otro momento clave en la sesión fue el símbolo del espejo, cuando la nuera reconoce a la suegra “demasiado bien”. Ahí hablamos de lo que se transmite: heredamos formas de habitar el mundo, silencios, sacrificios, incluso frustraciones. El poema deja claro que no basta con señalar a la generación anterior, porque aquello que se critica también nos habita. Por eso la frase “romper el molde sin vacilar” resulta tan violenta.

Romper implica perder: aceptación, pertenencia, incluso amor.

Otro texto que analizamos fue “Árboles”: “Los árboles del interior salen hacia el bosque”. Por supuesto, no se trata de árboles. Son esas fuerzas que guardamos, lo que crece incluso sin permiso.

¿Qué puede ser eso?

El deseo, la creatividad, la rabia, la necesidad de otra vida.

En el poema aparecen dos escenarios: la casa —espacio asignado a la mujer, lo privado, lo doméstico, lo “seguro”, pero también lo restrictivo— y, en contraste, las raíces que se esfuerzan, las ramas que se retuercen, hasta que sucede: “Los vidrios se quiebran”.

La imagen de los árboles como “pacientes recién dados de alta” nos hizo detenernos. Ahí Rich recurre al lenguaje médico, y no es casual. Es como si dijera: vivir encerrada también enferma. Salir es un proceso de recuperación: lento, torpe, a veces confuso, pero necesario.

Después trabajamos “Planetario”, y ahí nos desplazamos, literalmente, al universo. Aparece Caroline Herschel, una mujer que descubrió cometas, que colaboró con su hermano William, pero que durante mucho tiempo fue invisibilizada. Rich la recupera, la coloca en el centro y la convierte en símbolo.

El poema inicia con fuerza: “Una mujer con apariencia de monstruo / un monstruo con apariencia de mujer”. Coincidimos en algo: cada vez que una mujer ocupa un espacio que no le fue asignado —la ciencia, el pensamiento, la creación— se vuelve sospechosa, incómoda, extraña. Monstruosa. Y, aunque duela decirlo, esto no ha cambiado tanto.

Pero Rich va más lejos: entrelaza lenguaje científico con cuerpo. Habla de púlsares, ondas de luz, galaxias… y luego dice: “Soy un instrumento con forma de mujer intentando traducir pulsaciones”. Aquí se quiebra la idea de que el conocimiento es frío, objetivo, masculino. El conocimiento pasa por el cuerpo.

Se siente. Se traduce. Se encarna.

También analizamos “Arden papeles en vez de niños” y “Necesidades vitales”. En el primero, todo comienza con algo aparentemente simple: unos niños quemando un libro y un adulto escandalizado, como si ese fuera el mayor horror posible. Pero el poema no se trata solo de papeles, sino de todo lo que arde detrás: la historia, los cuerpos, la violencia que importa y tantas veces ignoramos.

Mientras alguien se escandaliza por un libro, hay otras quemas más profundas que pasan inadvertidas.

Aparece un eco histórico: la quema de documentos para evitar que jóvenes fueran enviados a la guerra, ese gesto de desobediencia civil vinculado a Daniel Berrigan. El poema no se centra únicamente en el acto político, sino en lo que implica quemar: el dolor de aquello que arde, lo que significa destruir el lenguaje mismo. Surgen conexiones con Adolf Hitler, con la barbarie, con el horror. Se hace presente esa biblioteca “amurallada con Britannicas verdes”: Heródoto, Albrecht Dürer, el Libro de los Muertos… y Juana de Arco, quemada por desobedecer.

También surge el pensamiento de Hélène Cixous y Luce Irigaray: el lenguaje no es inocente, no es neutro. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿cómo hablar, si las palabras ya vienen cargadas de historia? Llegamos a una idea: usamos un lenguaje que no siempre nos pertenece, un lenguaje heredado de estructuras que nos han limitado, pero aun así lo necesitamos para nombrar lo que sentimos. Es una contradicción incómoda, pero real.





Hay, además, un cruce constante entre lo íntimo y lo social: el cuerpo, el deseo, la palabra, la guerra, la pobreza. Lo personal y lo político están conectados; no se pueden separar. Hay momentos en los que lo que se dice no alcanza, en los que ni siquiera los libros logran explicar lo que duele.

Finalmente, al abordar “Necesidades vitales”, aparece una voz que intenta volver al mundo “pedazo a pedazo”. Hay una decisión clara: dejar de ser lo que otros esperan. Incluso dejar de ser “apetecible”, dejar de encajar, y comenzar a asumirse como punto de partida. Es decir: no necesito ser todo para todos; necesito comprender qué es lo mínimo, lo esencial para mí.

Adrienne Rich no ofrece respuestas. Ofrece conciencia.

Ayer no solo analizamos poemas: entendimos que la escritura puede ser una forma de salir de la casa, de romper el vidrio, de mirar el cielo… aunque la mano tiemble.

Y eso, mi querida, no es poca cosa.


Fotos tomadas de Internet. 

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