De palabras familiares y palabras mágicas

Fue el escritor Graham Swift quien comentó hace muchos años que “nuestro mundo depende del esfuerzo que hacemos para entender a los demás”. Se refiere al lenguaje verbal como principal mediador, no obstante, no es el único medio. La comunicación ha cambiado mucho en las últimas décadas y hacernos entender se vuelve más complejo. Hace algunas semanas Carel, que sobrepasa los ochenta, me pidió que le diera unas clases urgentes para aprender a usar WhatsApp e interpretar los emojis que le mandan sus nietos y bisnietos. “No entiendo nada”, dijo, y se refirió al celular como “un aparato del demonio”. Mi tía Clotilde, cuando conoció el fax, lo llamó inmediatamente “la caja mágica”. Me gustaría saber cómo Clotilde llamaría hoy a Siri o Alexa.

Hay quien dice que ahora se usan menos palabras y que, quizás, lleguemos a una era de silencio. El lenguaje, o más bien los lenguajes (porque hablamos no sólo del lenguaje verbal; corporal; pictográfico donde entran, por ejemplo, los emojis; de señas y un largo etcétera), crecen y se adaptan continuamente. De todo este entramado, también se habla de las palabras “código” que muchas familias emplean ya sea para alertar de problemas comunes o de situaciones de peligro. Se sugiere usar este mecanismo con las hijas adolescentes quienes desafortunadamente son víctimas de violencia física, tocamientos, caricias incómodas, acercamientos innecesarios y violaciones. Se habla, además, de la jerga o del dialecto hogareño que en sí es un ejercicio lingüístico creativo y lúdico. O de las palabras familiares que es a las que me quiero referir. Estas palabras, dicen, son un resumen de instantes de un pasado compartido y poseen una carga emocional.

Esta semana me he puesto a pensar en esas frases o expresiones. No me refiero a "Buenos días" o "¿Cómo estás?", sino a aquellas que significan incluso otra cosa para quien las escucha. Por ejemplo, "¡Eh, pero bien chitón!", que la empleamos con la finalidad de que la persona guarde el secreto y jamás lo revele. Si vamos a confiar algo sumamente “delicado”, decimos pues "chitón" y posteriormente damos la información. Otra frase que solemos usar en la familia es "¡Qué negro!", para referirnos a algo que es complejo, arriesgado o peligroso. Y no de manera despectiva o discriminatoria. Por ejemplo, hace unos días estuve a punto de sufrir un percance mientras conducía hacia el trabajo. Un coche Jetta se metió de manera imprudente en mi carril, por lo que frené de golpe, esperando que los autos que venían detrás de mí pudieran hacer la misma maniobra y evitar la carambola. Así fue y cuando le platiqué al marido y al cuñado, los dos dijeron al unísono "¡Qué negro!". Es “¡qué negro!”, por ejemplo, si voy a trabajar el domingo, o si nos enfermamos, o si nos ocurre algo que altera la calma de los días. Si se me quema la sopa es “¡qué negro”! No es buena idea usar esta expresión fuera del contexto familiar. Samantha Díaz Patiño, en su texto Las etiquetas de la pobreza. La desigualdad y el clasismo permean nuestra sociedad, publicado en Cuartoscuro, No. 7, octubre-diciembre 2022, escribió: “Vivimos dentro de una sociedad donde te excluyen pensando que tu color de piel depende de lo que posees económicamente, pues entre más oscura sea tu piel, menos oportunidades económicas tienes”. Por otro lado, la expresión “negro” aún genera discusión; no obstante, su uso es adecuado si nos referimos a las personas negras. También es apropiado llamarlas personas de color, tal como señala el Diccionario de la lengua española.

Al marido le llamamos “Papi Gato”. Si lo llamamos Alfredo, sin duda hay algún conflicto en juego. “Papi Gato” tiene varias razones: la primera es por ser padre de Alan, Ana, Pedro y Ángeles; la segunda, por su amor a los felinos. No concebimos la vida del marido sin gatos saltando mientras nos preparamos para comer, dormir o trabajar. La solución es: “Voy a sacar a tus hijas”; cuando se cierra la puerta de tela de la cocina, las gatas se van a hacer travesuras o a dormir en la habitación, o en mi oficina en el segundo piso. Hay otros tres gatos fuera de casa que cuidan la cochera y el pasillo de servicio, bien alimentados y rellenitos; la tercera razón es porque “Papi Gato” se siente como un gato, uno grande, redondo y amarillo. A veces, voy a su trabajo pero allí no existe “Papi Gato”, sólo el maestro Miranda que pide a sus alumnos lo mejor de ellos porque, dice, hay que enseñarlos a vivir en la vida real, y por ello, incitarlos a reflexionar, descubrir, considerar, deducir, gestionar emociones, cometer errores, tomar riesgos… “Papi Gato” es, por lo tanto, un gato amoroso, y al igual que los felinos con esas características, disfruta de la convivencia humana, del cariño, la alegría, el afecto constante, y sobre todo, brinda su apoyo y compañía entrañables. Los amigos de sus hijos, en cambio, le llaman “Big Boss”, y esta expresión se asocia más a nuestros partidos de baloncesto que solíamos jugar todavía el año pasado.

Tengo una palabra que no sé si entra en la categoría de palabras familiares. Es una palabra que uso únicamente para mí y no la comparto con nadie. La llamo "palabra viga" porque cada vez que me siento preocupada, ansiosa, o cuando cometo un error, la empleo. La palabra es un nombre: el de mi primer novio. "Jadel" me rescata en esos momentos de intranquilidad. Decir "Jadel" significa restablecer la calma en mi vida. No intento recobrar un amor pasado; la palabra se quedó como una de esas palabras mágicas que invocan poderes sobrenaturales y alteran la realidad, como "Abracadabra", "Expecto Patronum" (de Harry Potter), "Bibbidi-Bobbidi-Boo" (de Cenicienta) o "Ábrete Sésamo" (de Ali Babá y los cuarenta ladrones). Las palabras mágicas varían según la historia, indicando poderes como alterar el tiempo, transformar objetos o criaturas, e interactuar con lo sobrenatural. Su propósito es provocar una respuesta emocional y sorpresa en el lector.

Mi padre es conocido como "Papirringo", así lo llamo y así está registrado en mi lista de contactos y en mi agenda cuando tenemos que hacer algo juntos. Por este motivo, mi madre ahora se llama "Papirringa". O simplemente Pancho y Chela. Es una forma de nombrarlos con afecto y cariño, y no tiene ninguna relación con el personaje "Papiringo" interpretado por Benito Castro, que falleció en 2023 y que actuaba junto a María Elena Saldaña, conocida como "La Güereja". La diferencia radica en las dos "rr" que yo uso. Además, no creo haber visto ninguno de aquellos episodios completos. No me gustan mucho los programas de comedia. Hoy estarán aquí los "papirringos", lo que significa que mis padres vendrán y pasaremos la tarde juntos, disfrutando de música vernácula o viendo películas de la época dorada del cine mexicano. Más tarde, el aroma del café llenará la casa y la charla continuará hasta que sea hora de volver a la rutina. Considero que la presencia de los "papirringos" simboliza un vínculo especial y un compromiso que debe mantenerse firme.

Aunque pueden existir muchas otras expresiones familiares, es esencial comprender que las palabras familiares (o aquellas que no lo son tanto como la palabra “Jadel”) tienen un significado especial. Estas frases pueden ser términos de afecto, apodos o refranes transmitidos de generación en generación. Según los estudiosos, además del lenguaje verbal, cada familia tiene su propio lenguaje gestual y tradiciones compartidas. ¡Qué maravilla recibir esos abrazos inolvidables, esas palmaditas en la espalda, o compartir momentos de escucha! Para el filósofo francés Michel Foucault, las frases familiares y sus códigos pueden ser formas de ejercer poder al establecer normas y roles. Sin embargo, reconoce (esto es lo interesante y en lo que coincido) el potencial subversivo de estas prácticas: desafían las estructuras de poder existentes y promueven la autonomía familiar.

Fotografía de Pexels.

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