
Laguneros
por México, Laguneros por el Mundo es un programa del Instituto
Municipal de Cultura y Educación de Torreón, a través de la Coordinación de
Literatura. En esta ocasión conversamos con Fernando Fabio Sánchez Ríos,
escritor, investigador y académico nacido en Torreón en 1973, quien actualmente
radica en la costa central de California.
Nadia Contreras: Fernando Fabio Sánchez, qué gusto coincidir contigo en este espacio. Gracias por aceptar la invitación.
Fernando
Fabio Sánchez Ríos: Hola, Nadia. Un saludo muy afectuoso para ti y
para todos los que nos están siguiendo. También un saludo desde la costa
central de California, donde estoy establecido, construyo mi vida, trabajo día
a día y, de alguna manera, sigo llevando a La Laguna pegada al pecho.
Nadia Contreras: Llevamos
cerca de dos años compartiendo estos episodios de Laguneros por México,
Laguneros por el Mundo, y hoy nos da mucho gusto tener con nosotros a
Fernando. Se fue de Torreón para continuar su formación, investigar, dar clases
y escribir desde otros lugares, pero La Laguna ha seguido ocupando un sitio
central en su vida y en su obra.
Estudió Ciencias de
la Información en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología de La Laguna y
posteriormente obtuvo el doctorado en Letras Latinoamericanas por la Universidad
de Colorado en Boulder. Actualmente es profesor de Estudios Literarios y
Cinematográficos en la Universidad Estatal Politécnica de California, en San
Luis Obispo. Fernando, ¿es correcto?
Fernando: Tengo la fortuna de trabajar ahí, compartir el aula con estudiantes entusiastas y dedicarme a lo que más me apasiona: el estudio de la literatura y del cine, con una perspectiva que tiene como uno de sus ejes centrales lo que soy y de dónde vengo.
Nadia: Además, muchos te conocemos por tu columna en Milenio Laguna, donde publicas con regularidad, y por tu amplia obra. Quiero mencionar algunos de tus títulos: Los arcanos de la sangre; De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales; Clásicos en el destierro; La Reportera Roja, publicada por la Universidad Veracruzana y que, debo decirlo, me encantó; Posesión de naves; Creación de fondo y Artful Assassins: Murder as Art in Modern Mexico, además de tus trabajos sobre literatura y cine.
Tu trabajo cruza
violencia, crimen, modernidad, nacionalismo y cultura visual, con una fuerte
influencia del cine y una atención especial al cine latinoamericano. Esa mirada
cinematográfica está muy presente en tu narrativa. Para empezar a conocerte
mejor: ¿qué se lleva un escritor lagunero cuando se va? ¿Qué te llevaste de La
Laguna y qué descubriste al mirarla desde la distancia?
Fernando: Pues en mi caso, cuando tomé la decisión de partir de La Laguna, una de
las cosas que más he ido advirtiendo con el paso del tiempo es que voy contando
los años, uno tras otro, y ya van más de tres décadas desde aquel día. Más de
la mitad de mi vida la he vivido fuera, en otro país, con otros paisajes, otros
sonidos, otros ritmos. Y mi nostalgia, esa melancolía que nos acompaña a
quienes nos vamos, también se ha dividido, se ha hecho bicultural, como mi
propia existencia.
Pero si me voy hacia
atrás y me encuentro con aquel joven de veinte, veintidós años que salió de
Torreón con una maleta y muchas preguntas, esa persona se sorprendió de formas
que no esperaba al llegar a Estados Unidos. Descubrí que existía una imagen
sobre México, construida principalmente por los medios de comunicación y por el
cine, que distaba mucho de ser positiva. Veía estereotipos arraigados desde
hace décadas: en películas como El bueno, el feo y el malo, por citar un
ejemplo, el personaje llamado "el feo" era precisamente mexicano. Esa
imagen ha ido evolucionando, pero la idea de que los mexicanos somos
inherentemente violentos, deshonestos, traficantes, permanecía como un
prejuicio difícil de desterrar.
Sin embargo, también
hallé algo muy valioso: dentro del mundo académico existía un interés genuino,
serio y respetuoso por la cultura, la historia y la literatura mexicanas. Esa
mirada exterior, atenta y estudiosa, me marcó profundamente y me llevó, durante
mis años de doctorado, a dedicar mi vida profesional a comprender y transmitir
esa riqueza desde una perspectiva que dialoga con el mundo.
Al mismo tiempo, con
la distancia, fui perdiendo el contacto cotidiano con cómo cambiaba México
desde adentro. En aquel entonces no existía la conectividad de hoy, no era tan
fácil seguir lo que ocurría en casa. Cada noticia, cada estación de radio que
lograba sintonizar a distancia, cada voz que escuchaba en llamadas telefónicas,
me hacía sentir la ausencia con más fuerza. Con el tiempo, esa visión desde
afuera se consolidó: una mirada reflexiva, académica, que ve el país desde el
exterior.
Hoy todo es distinto.
He regresado muchas veces a Torreón, he recorrido sus calles, he sentido el
calor de siempre, he reencontrado a los míos, y ahora puedo decir que siento La
Laguna con una intensidad quizá mayor que cuando vivía ahí. Mi vida se ha
tejido con dos hilos: uno que está aquí, en California, y otro que permanece
allí, en el norte de México. Mi corazón, efectivamente, está partido en dos, y
a la vez completo en esa misma división.
Nadia: Esa dualidad se nota claramente en tu obra. El norte del país, La
Laguna, Torreón, siguen vivos en lo que escribes. Tomemos tu libro más
reciente, La reportera roja: varias historias transcurren en el norte,
en Torreón, en Guaymas… otras en el sur. ¿Cómo nació ese libro?
Fernando: Todo este conjunto de relatos fue tomando forma a partir de viajes por
carretera, esos recorridos lentos que hago de ida y vuelta entre mi hogar
actual y mi tierra natal, hace ya unos diez años. Me gusta viajar en automóvil,
aunque reconozco que últimamente me produce inquietud: uno va notando los
cambios en las carreteras, los riesgos que antes no percibía con tanta
claridad. Siempre que voy a México cruzo California, Arizona, Nuevo México,
luego Texas, y ya en territorio mexicano Chihuahua, Durango y Coahuila. Conozco
cada tramo, cada curva, cada pueblo que aparece al fondo del horizonte. Hay
lugares que se han convertido en familiares, casi cómplices de mis
pensamientos.
Y mientras conduzco,
la mente viaja también: paso por Chihuahua y inevitablemente pienso en la
Revolución, en Pancho Villa, en cómo aquel movimiento nació en el norte y fue
bajando por todo el país. Pienso en el papel central que Torreón tuvo en esos
sucesos, en su importancia estratégica, económica y humana. Cuando enseño
clases sobre la Revolución Mexicana y mis estudiantes saben que soy de Torreón,
siento un orgullo profundo: la ciudad aparece una y otra vez en los libros, es
clave para entender lo que ocurrió, y ver ese reconocimiento desde fuera me
llena de satisfacción.
La Laguna, en
definitiva, ha sido el hilo invisible que recorre no solo mis viajes, mis
recuerdos, sino también mi trabajo intelectual. Muchas de las historias que
cuento nacieron en esos trayectos, en esas miradas por la ventanilla, en esas
conversaciones que uno sostiene consigo mismo cuando va al volante.
Nadia: Volvamos a tus inicios como escritor. Estudiaste la licenciatura en
Ciencias de la Información. ¿En qué momento la literatura dejó de ser una
inquietud para convertirse en una forma de vida?
Fernando: Tengo una deuda inmensa con quien considero uno de mis padres
literarios, el profesor Saúl Rosales Carrillo. Quienes entramos a la carrera de
Ciencias de la Información llegábamos con sueños parecidos: queríamos trabajar
en medios, en televisión, hacer cine, contar historias a través de imágenes y
palabras. La carrera nos enseñaba a escribir, a reportear, a estructurar
relatos… y fue ahí donde me acerqué a Saúl y le mostré mis primeros textos, con
timidez, pero con esperanza.
Él fue
extraordinariamente generoso: me leyó, me dio comentarios honestos, me señaló
caminos, me animó a seguir. En sus clases —de periodismo, de textos literarios,
de literatura universal, de letras mexicanas— fui confirmando algo que ya
llevaba dentro desde la infancia: esa necesidad imperiosa de escribir, de crear
mundos con palabras.
Como a tantos
escritores, la lectura me abrió primero las puertas: descubrí que uno puede
habitar otros mundos a través de los libros, acompañar a personajes que no
existen y sentir sus emociones como propias. Y luego llegó la escritura: esos
momentos en que uno toma el lápiz y se conecta consigo mismo de una manera que
no tiene explicación lógica, casi mágica, como si algo más grande fluyera a
través de uno. Cuando conoces a la persona indicada, esa intuición se
transforma en certeza: esto es lo que quiero hacer.
Saúl me abrió también
las puertas de un círculo de escritores vivos, comprometidos con su tierra. Me
presentó a Jaime Muñoz Vargas, a través de él y de Adrián Valencia, profesor de
fotografía. Entré a la revista Brecha, suplemento cultural que fue
semillero de toda una generación de creadores laguneros. Jaime publicó mi
primer cuento, y de ahí en adelante conocí a Gilberto Prado Galán, a Pablo
Redondo, a Gerardo García Muñoz, a Édgar Valencia… hace ya treinta años que
caminamos juntos por este oficio. Saúl no solo marcó mi camino, sino el de
muchísimos escritores que hoy escriben desde La Laguna.
Nadia: Y cuando llega el momento de publicar tu primer libro, Los arcanos
de la sangre, ¿qué sentiste? Sé que eres minucioso, cuidadoso, entregar una
obra a los lectores no es cosa sencilla.
Fernando: Para muchos escritores, el cuento es el primer amor, y así fue para mí.
Actualmente imparto una clase sobre el cuento latinoamericano y paso las
páginas de Borges, Cortázar, Fuentes, Benedetti… y compruebo una vez más que
ese género fue mi primera vocación. Algunos cuentos que escribí al principio se
quedaron en el cajón, como deben quedarse las cosas que no están listas, pero
otros se convirtieron en compañeros constantes, en obsesiones que regresaban
una y otra vez hasta que les daba forma.
Escribía de noche, en
los ratos libres, y ver cómo el manuscrito iba creciendo, página tras página,
era una satisfacción indescriptible. Hoy, con la perspectiva de los años, haría
muchas cosas de manera distinta: maduré, aprendí, cambié mi forma de ver el
mundo y de escribirlo. Pero en aquel momento, tener el libro terminado, verlo
convertido en un objeto concreto, era como ver materializado un sueño que me
había acompañado tanto tiempo.
Se publicó en la
editorial Tierra adentro, que tenía la valiosa misión de dar espacio a autores
jóvenes del interior del país, a quienes no siempre teníamos fácil acceso a las
grandes editoriales. Fue el inicio, la puerta que se abrió, y cumplió su
función a la perfección. No lo cambiaría, ni lo juzgaría con ojos de hoy: fue
el primer paso, y todo camino empieza por uno.
Nadia: Pasemos a uno de los libros que más me ha llamado la atención: De la
escritura a la evidencia. Me encanta cómo aborda el crimen, no como en las
historias tradicionales… es casi un juego, una reflexión sobre qué significa
saber, qué significa juzgar. ¿Cómo concebiste esa propuesta?
Fernando: El título mismo encierra la clave de todo lo que quise explorar. En el
sistema jurídico, la lógica es clara: primero se reúne la evidencia, y a partir
de ella se dicta el veredicto. Yo quise darle la vuelta completamente: ¿qué
pasa si primero se escribe, y después se construye la evidencia para sostener
lo que ya se ha dicho? El subtítulo lo advierte desde el principio: siete
historias seudopoliciales. No son relatos policiales al uso, son relatos
que reflexionan sobre cómo construimos la verdad.
El mundo del crimen
entró en mi vida mucho antes de que fuera tema de estudio: al terminar la
carrera, conseguí trabajo como reportero de la fuente policial. Me tocó salir a
las calles, ver la realidad cruda, narrar lo que sucedía, explicar lo que
apenas empezaba a comprenderse. Esa experiencia me marcó para siempre: vi la
violencia de cerca, la escuché, la escribí, y entendí que hay formas de contarla
que van más allá del morbo o del escándalo.
Años después, ya
viviendo en Estados Unidos, retomé esas vivencias y las combiné con la lectura
profunda de grandes autores del género, con el estudio de la teoría literaria,
con la reflexión sobre cómo se construye la realidad en los textos. Se ha dicho
que la novela policial es "formulera", repetitiva, que se atiene
siempre al mismo esquema… y justamente por eso quise jugar con esa estructura:
romperla, mostrarla, hacerla visible. En algunos cuentos el lector sabe quién
es el responsable desde el inicio; en otros, la verdad se va armando como un
rompecabezas al que le faltan piezas; en el último, el más atrevido, el propio
detective reconoce que todo podría ser producto de su mente, que la verdad
última quizá nunca se llegue a conocer. Esa incertidumbre, esa humildad ante lo
real, es lo que el libro quiere dejar como huella.
Nadia: Y de ahí pasamos a La reportera roja, que mencionábamos antes.
Ocho relatos que recorren México de norte a sur, donde se cruzan violencia,
crimen, pero también amor, crueldad, memoria. ¿De dónde nació este libro?
Fernando: Todo comenzó con una anécdota pequeña, cotidiana, que me ocurrió en uno
de esos viajes por carretera. Era 15 de septiembre, viajaba para llegar a
tiempo a la celebración del Grito, y cerca de Jiménez, en Chihuahua, me detuvo
la Policía Federal. El trato fue respetuoso, amable, y mientras seguía
manejando me quedé pensando en esa persona: en su uniforme recién limpio, en su
turno que apenas empezaba, en la dignidad de quien cumple una función
necesaria. De ahí nació la imagen que daría origen al primer cuento: imaginar a
ese oficial acompañando a un médico legista hacia la escena de un delito, dos
personas que ven la realidad desde miradas distintas pero que comparten el
mismo propósito.
Ese primer relato, El
otro corazón, juega con la doble acepción de la expresión: tener buen
corazón puede referirse a la salud del órgano o a la bondad de una persona, y
esa dualidad recorre todo el libro. Alimenté estas historias con lo que vi, lo
que escuché, lo que platiqué con familiares y amigos sobre lo que vivió el país
durante los años de la guerra contra el narcotráfico. Quise escribir no desde
afuera, juzgando, sino desde adentro: mostrando cómo lo vivieron quienes
estuvieron cerca, cómo piensan quienes están en medio de la tormenta, cómo la
violencia transforma todo lo que toca.
El cuento final, Jefe
de jefes, toma el título de la famosa canción de Los Tigres del Norte y
plantea una reflexión que me ha ocupado mucho: quienes eligen ese camino saben,
desde el primer paso, que la salida es difícil, que el tiempo que tienen es
limitado. Lo saben con una certeza que pocos tenemos. Y esa conciencia de la
muerte cercana cambia todo: intensifica los afectos, las alegrías, los placeres,
la música, la forma en que aman y en que sufren. No es justificación, es
comprensión: ver la tragedia humana que hay detrás de cada historia.
Nadia: Algo que valoro mucho es que no muestras la violencia como espectáculo,
sin caer en el morbo. ¿Cómo logras ese equilibrio?
Fernando: Cuando trabajaba en el periódico, me encontré con algo que me marcó
profundamente: un archivo fotográfico lleno de imágenes duras, cuerpos, escenas
de dolor, todo acumulado durante años. Me detuve ante esas cajas y me pregunté:
¿debo mirar o no mirar? Entonces recordé lo que escribe José Revueltas: cuando
dudó en entrar a un leprosario, decidió hacerlo, porque el escritor no debe
cerrar los ojos a nada, solo debe escribir con honestidad lo que ve. Esa fue mi
brújula: no apartar la mirada, pero tampoco exhibir el sufrimiento como
entretenimiento.
En La reportera
roja cada historia se cuenta desde la voz de quien la vive, con su propia
verdad, su dolor, su forma de resistir. La protagonista que da título al libro
construye un archivo de memoria, recopilando historias de quienes ya no están,
como un homenaje a su padre y como un acto de justicia: respetar la vida
significa también respetar la memoria de los que partieron. Esa postura ética
está en cada página: mostrar sin explotar, contar sin banalizar, acercarse con
respeto.
El libro me llevó más
de cinco años de trabajo, reescribiendo una y otra vez, quitando lo que
sobraba, puliendo cada frase. Siguiendo lo que aconseja Mario Vargas Llosa:
escribir con emoción al principio, y después trabajar el texto con disciplina,
con rigor, buscando que cada palabra cumpla su función, que el lenguaje mismo
transmita la intensidad de lo que se cuenta.
Nadia: Y en tus relatos el amor aparece junto con la violencia, casi
entrelazados. ¿Qué te interesa de esa cercanía?
Fernando: Hay una idea que resuena conmigo: en una película sobre don Quijote, el
personaje dice que el artista debe ser cruel. No por maldad, sino porque crear
implica elegir, cortar, descartar, dar forma a costa de otras posibilidades. Y
esa fuerza, que parece contraria al amor, está en la vida misma: el amor y la
muerte, la creación y la destrucción, son dos caras de la misma moneda que ha
movido a la humanidad desde siempre.
En el libro eso se
manifiesta de varias formas: la reportera ama a su padre y trata de salvar su
memoria en un mundo que olvida rápido; una familia mantiene su unión y su
legado, pero también su riqueza, a costa de dureza y silencios; el jefe de
jefes, en su tragedia más profunda, no logra reconocer el amor inmenso que su
madre le entregó al dar su vida por él, y esa ceguera lo condena. El amor no
siempre es suave ni luminoso: a veces duele, a veces exige, a veces se confunde
con la sombra. Y es precisamente esa complejidad lo que quise retratar.
Nadia: Eso conecta con algo profundo: las herencias, las historias que nos
pasan de generación en generación, lo que se calla y lo que pesa. Y ahora, otro
de tus intereses: el cine. Has publicado La luz y la guerra junto con
Gerardo García Muñoz, sobre el cine de la Revolución Mexicana. ¿Qué te da el
cine que no te da la literatura, y al revés?
Fernando: Son dos formas distintas de ver y contar el mundo, y cada una tiene su
magia. El cine nos da las imágenes listas, los sonidos, las voces, la
atmósfera: nos muestra la realidad como si estuviéramos ahí, presentes en la
escena. La literatura, en cambio, nos da solamente palabras, y con esas
palabras cada lector construye su propia imagen, su propia versión de la
historia. El libro es uno de los inventos más extraordinarios que hemos creado:
cabe en la mano, no necesita electricidad ni aparatos, y puede cambiarte la
vida. Es democrático, portátil, acompaña a donde vayas.
El cine requiere más:
tecnología, equipo, distribución, pantallas… pero ofrece lo que la literatura
no puede dar: la música envolvente, la simultaneidad, la inmediatez de la
imagen. A veces se acercan mucho: en películas como El renacido, la
cámara se mueve despacio, deteniéndose en el brillo del agua, en la luz entre
los árboles, como si fuera un narrador que elige qué mostrar y qué callar. Y
hay literatura que intenta ser visual, prescindiendo de explicaciones,
mostrando en lugar de decir, como si la página fuera una pantalla. Se nutren la
una del otro, pero cada una conserva su naturaleza irrepetible.
Nadia: Cuando escribes, ¿ves primero la escena o la palabra?
Fernando: Siempre, siempre surge primero la imagen, la sensación, como un
destello que aparece sin avisar: un rostro, un paisaje, un momento cargado de
emoción, algo que hay que atrapar antes de que se desvanezca. Recién entonces
viene la pregunta: ¿cómo transmitir esa misma sensación a quien leerá estas
líneas años después, en otro lugar, con otra vida? Ahí empieza el trabajo con
el lenguaje: buscar el tono, el ritmo, la descripción precisa, el diálogo justo,
hasta que las palabras se acercan lo más posible a lo que la mente vio.
Traducir textos del
inglés al español ha sido para mí una escuela maravillosa: te obliga a
detenerte en cada frase, a desarmarla y comprender cómo funciona, a buscar la
palabra exacta, a respetar el espíritu del texto mientras lo haces tuyo. Es un
ejercicio de humildad y de precisión que me ha enseñado mucho sobre mi propia
escritura.
Nadia: Tu obra dialoga constantemente con La Laguna, aunque estés lejos. ¿Cómo
ves la literatura que se hace aquí, desde afuera?
Fernando: La literatura que nace en La Laguna tiene una fuerza especial, forjada
entre la dificultad y la belleza de nuestro entorno. No somos una capital, no
tenemos los grandes escenarios culturales que otras ciudades, pero tenemos algo
más profundo: la carencia nos obliga a crear. Vivimos con el calor intenso, el
polvo, la sequedad, las tormentas que de pronto llegan con fuerza… y ante eso,
la respuesta no es rendirse, es crear. La naturaleza nos habla, y nosotros
respondemos con libros, con poemas, con cuentos.
Hay una tradición
viva que ha ido pasando de mano en mano: Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas, la
generación de Botella al Mar, Francisco José Amparán… y ahora los
jóvenes que siguen escribiendo con frescura y valentía. Somos, a mi modo de
ver, personas de acción más que de melancolía: lo que nos falta, lo
construimos. Y esa determinación se nota en cada página que se escribe aquí.
Nadia: ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Fernando: Sigo en la universidad, con mis estudiantes, que me enseñan tanto como
yo a ellos. Me llena de esperanza ver su curiosidad, su forma de mirar el
mundo, su deseo de entender lo que ocurre a su alrededor. Tengo varios libros
en preparación, trabajos que han tomado años, porque creo que hay historias que
exigen tiempo, madurez, paciencia. Quiero seguir escribiendo con la misma
lentitud y entrega, buscando llegar a capas más profundas de la experiencia
humana. También continúo con la traducción, como forma de estudio y de diálogo
con grandes obras de la literatura universal. Y siempre, siempre dispuesto a
tender la mano a quienes empiezan en este camino, como hicieron conmigo Saúl,
Jaime, el profesor Emilio Vegel y tantos otros: porque quien te acompaña en los
inicios, te cambia la vida.
Nadia: Fernando, muchas gracias por esta charla tan generosa, por compartir tu
obra, tu vida, tus raíces con nosotros. Gracias a quienes nos ven hoy y a
quienes verán la grabación más adelante. Un abrazo grande.
Fernando: Gracias a ti, Nadia, por la calidez de tus preguntas y por este espacio
que nos une. Gracias a La Laguna, que siempre está presente. Un abrazo fuerte
para todos los que nos acompañan. Hasta la próxima.
La entrevista completa puede verse en YouTube.
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