Maternidades, no maternidades y escritura: una conversación necesaria, por Nadia Contreras


La tarde del miércoles 11 de marzo, la Galería del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón se convirtió en un espacio de reflexión y diálogo. Bajo el título “Maternidades, no maternidades y escritura”, cinco escritoras se reunieron para pensar cómo la experiencia vital —e incluso la ausencia de ciertas vivencias— atraviesa inevitablemente el acto de escribir. Participaron en la conversación Mariana Ramírez Estrada, Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz, Leticia Salazar, Ángeles Cabrero y Estrella Atilano de Faya, en una mesa que tuve el gusto de moderar.

La mesa se planteó abrir un espacio de diálogo en torno a las distintas maneras en que las mujeres viven y narran su relación con la maternidad: desde quienes la han experimentado directamente hasta quienes han decidido no ser madres o la piensan desde otros lugares. El objetivo fue reflexionar sobre cómo estas experiencias —personales, sociales y culturales— se filtran en la literatura y contribuyen a ampliar las tradiciones de la escritura femenina.

La conversación arrancó con la participación de Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz, quien abordó el tema desde una mirada histórica y crítica. Recordó que, durante siglos, la maternidad fue presentada como un destino inevitable para las mujeres, una especie de mandato cultural que definía su identidad y su lugar dentro de la sociedad. Como ella misma señaló durante su intervención: “Siempre se nos ha asignado el papel de cuidadora y la oportunidad del desarrollo profesional o intelectual es algo relativamente nuevo; se ha ganado gracias a la lucha feminista”.

Su reflexión abrió una discusión sobre cómo las mujeres han tenido que negociar históricamente su tiempo, sus proyectos personales y sus aspiraciones intelectuales dentro de estructuras sociales que privilegiaban el cuidado y el ámbito doméstico. En ese marco mencionó la obra de la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, cuya narrativa explora la maternidad desde perspectivas complejas y, en ocasiones, profundamente inquietantes.

Durante la charla añadió también: “La maternidad también puede verse como una cárcel o como una decisión que en realidad no siempre somos libres de tomar”. Sus palabras orientaron la conversación hacia temas que hoy ocupan un lugar central en la literatura contemporánea: la soledad de maternar, los cuidados no remunerados y las estructuras sociales que sostienen esas dinámicas.

La intervención de Leticia Salazar condujo el diálogo hacia la tradición literaria latinoamericana. A lo largo de su participación evocó a varias autoras fundamentales que han abordado la maternidad desde perspectivas diversas. Entre ellas mencionó a la poeta chilena Gabriela Mistral, quien, aunque no fue madre biológica, expresó una sensibilidad profundamente maternal en su poesía, particularmente en textos como “Piececitos”. También recordó a la escritora mexicana Rosario Castellanos, cuya obra reflexiona críticamente sobre la condición femenina, así como a Alfonsina Storni, quien en su poema “La loba” reivindica la figura de la madre soltera desde una perspectiva de autonomía y dignidad.

Para Leticia, estas autoras muestran que la maternidad también puede convertirse en una fuente de energía creativa. Como lo expresó durante la mesa: “A través de la maternidad muchas mujeres también encontramos un impulso creativo; es una experiencia que transforma profundamente la manera de ver el mundo”.

Más adelante, Ángeles Cabrero se detuvo a pensar la relación entre el cuerpo femenino y la experiencia materna dentro de la literatura. Señaló que durante mucho tiempo estas vivencias fueron narradas desde miradas externas o idealizadas, pero que en las últimas décadas muchas escritoras han comenzado a explorarlas desde su propia interioridad.

Desde esa perspectiva evocó a autoras como Sylvia Plath, Rosario Castellanos y Gioconda Belli, quienes han abordado la maternidad desde registros poéticos, políticos e íntimos. Durante su participación explicó: “La literatura escrita por mujeres está abriendo nuevas formas de pensar la maternidad, el cuerpo femenino y la experiencia íntima, no solo como destino, sino también como conflicto, ambivalencia e identidad”.

A su vez, Estrella Atilano de Faya amplió la conversación hacia el tema de la no maternidad, una dimensión que durante mucho tiempo permaneció prácticamente invisible dentro del discurso cultural. Recordó que la literatura también ha sido un espacio para cuestionar los modelos sociales que históricamente han limitado las decisiones de las mujeres.

Entre las autoras mencionadas aparecieron nombres fundamentales como Amparo Dávila, Virginia Woolf, Elena Poniatowska y Elena Garro, cuyas obras muestran distintos modos de vivir y narrar la experiencia femenina. Durante su intervención señaló algo que resonó con muchas de las personas presentes en la sala: “Cuando una mujer escribe desde el dolor o desde la experiencia personal, otras mujeres pueden reconocerse ahí y decir: no soy la única”.

La primera ronda concluyó con la participación de Mariana Ramírez Estrada, quien compartió su experiencia en el ámbito editorial y académico. Habló de las múltiples exigencias que muchas mujeres enfrentan cuando intentan sostener una vida intelectual mientras atienden responsabilidades familiares, laborales y afectivas: “Muchas de las mujeres que he conocido en el ámbito editorial han tenido que hacer ajustes muy grandes en su vida para poder seguir escribiendo y trabajando”.

Durante su intervención también mencionó a la poeta mexicana Enriqueta Ochoa, cuya obra representa un ejemplo de cómo la maternidad y la creación literaria pueden coexistir dentro de una misma trayectoria vital.

En la segunda ronda surgieron algunas preguntas abiertas para quien deseara responderlas. Comencé con una que parecía sencilla, pero que en realidad tocaba una de las fibras más profundas de la escritura: si muchas autoras han dicho que escribir es una forma de comprender la propia experiencia, ¿de qué manera la maternidad —o incluso la reflexión sobre ella— abre nuevas sensibilidades dentro de la literatura?

La primera respuesta llegó en la voz de Nadja Milena Ramírez Muñoz, quien señaló que la literatura contemporánea sobre maternidad está generando un diálogo distinto: uno que no sólo habla de ser madres, sino también de ser hijas y de revisar vínculos familiares que durante mucho tiempo permanecieron en silencio. En ese intercambio surgió nuevamente el nombre de Elaine Vilar Madruga, autora que ha abordado el tema sin ser madre, explorándolo desde la experiencia de ser hija y desde los conflictos que atraviesan ese vínculo.

Desde esa perspectiva se afirmó que la literatura contemporánea que aborda la maternidad “tiene mucho de reparatorio”, porque durante mucho tiempo estas experiencias permanecieron relegadas al ámbito privado. La maternidad —se comentó— fue vista durante décadas como algo que debía permanecer dentro del espacio doméstico, lejos de la conversación pública. Abrir ese territorio en la literatura significa también abrir heridas: heridas de madres, de hijas, de hijos e incluso de padres que se sienten aludidos cuando esas historias salen a la luz.

Para ilustrar ese diálogo intergeneracional se compartió un poema de la joven autora chiapaneca Sandra Moreno, incluido en su libro Diario: poesía de una madre imperfecta. El texto gira alrededor de una frase insistente —“Perdonar a mamá”— que atraviesa generaciones y revela cómo las experiencias familiares pueden transformarse en materia literaria.

A partir de ese momento, Ángeles Cabrero retomó la palabra para profundizar en una idea central: la literatura sobre maternidad no habla únicamente de las madres, sino de las relaciones que se tejen entre generaciones. Se trata de un diálogo que se desplaza entre abuelas, madres e hijas, y que permite observar cómo cada generación hereda y transforma las experiencias de la anterior. Retomando esta idea, propuso una analogía sugerente entre maternidad y creatividad. Para ella existe un vínculo simbólico muy claro entre gestar vida y gestar escritura. “Parir nos convierte en madres —dijo—, pero escribir también nos contiene como creadoras”.

Desde esa mirada, el proceso creativo comparte algo con el proceso de gestación: ambos implican tiempo, transformación y una profunda conexión con el cuerpo y la experiencia cotidiana. Cuando la conversación avanzó hacia el proceso creativo, surgió otra reflexión interesante: muchas escritoras encuentran en los gestos más pequeños de la vida diaria —un movimiento de los hijos, una sensación física, una escena doméstica— el punto de partida para una exploración literaria más amplia. Esos detalles aparentemente mínimos pueden contener preguntas profundas sobre la maternidad y la identidad.

En ese punto, Mariana Ramírez señaló que, incluso en ámbitos terapéuticos, la escritura está siendo utilizada como una herramienta de reconciliación emocional. Escribir puede convertirse en una forma de procesar experiencias familiares complejas y de tender puentes entre generaciones. Como ella misma lo expresó durante la mesa, la escritura permite “volcar las emociones” y abrir un diálogo necesario sobre temas que durante mucho tiempo permanecieron encerrados dentro de las casas.

Desde otra perspectiva, Estrella Atilano de Faya habló sobre la fuerza que adquiere la escritura cuando nace del dolor o de la experiencia personal. Para ella, cuando una mujer escribe desde la herida, otras mujeres pueden reconocerse en ese relato. “Cuando la mujer creativa habla desde el sufrimiento o desde el obstáculo —señaló— otras mujeres se dan cuenta de que no son las únicas que han vivido esas experiencias”.

Durante su intervención subrayó además que muchas escritoras han tenido que atravesar historias de abandono, discriminación o silencio, y que esas vivencias terminan transformándose en literatura. En ese sentido, la escritura no sólo expresa una experiencia individual, sino que también puede convertirse en un acto de sanación colectiva.

La conversación se desplazó después hacia otro tema inevitable en nuestro tiempo: el papel de las tecnologías en la escritura. Varias participantes coincidieron en que los espacios digitales han ampliado las posibilidades de difusión y de encuentro entre escritoras. Gracias a redes sociales, blogs y plataformas virtuales, hoy es posible construir comunidades literarias que trascienden fronteras geográficas.

Estrella celebró particularmente esta dimensión de la era digital. Recordó cómo, durante la pandemia, muchas escritoras pudieron acceder a talleres, cursos y encuentros literarios a través de plataformas virtuales, lo que abrió nuevas oportunidades de aprendizaje. “Las tecnologías nos abrieron una ventana al mundo”, comentó, señalando que ahora es posible tomar talleres con escritores de otros países o participar en espacios culturales sin salir de casa.

Desde otra perspectiva se señaló que los medios digitales no sustituyen al libro, pero sí amplían las formas en que la literatura circula. Blogs, redes sociales y espacios híbridos permiten experimentar con textos breves, fragmentos y reflexiones que dialogan directamente con los lectores.

Finalmente, al cerrar la mesa propuse un ejercicio sencillo pero significativo: pedir a cada participante que compartiera una frase dirigida a una mujer joven que desea escribir pero duda si podrá hacerlo en medio de las exigencias de la vida cotidiana.

Las respuestas fueron diversas, pero coincidían en un mismo espíritu. Algunas hablaron de la importancia de intentarlo sin miedo; otras insistieron en que el tiempo para escribir también se construye; y hubo quienes recordaron que la escritura no exige perfección desde el inicio. Una de las ideas que resonó con mayor fuerza fue esta: todos tenemos algo que contar.

La conversación terminó con un mensaje claro: escribir no ocurre fuera de la vida, sino dentro de ella. Entre el trabajo, la familia, las dudas y las responsabilidades también se abre un espacio para la palabra. Y quizá esa fue la conclusión más valiosa de la noche: la literatura no nace de una vida perfecta, sino precisamente de las preguntas, las heridas y las experiencias que nos atraviesan.

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