La persistencia de la memoria: justicia y literatura a partir de Liliana, por Nadia Contreras


Impartí el taller “Reescribir la justicia: ficción y casos reales” para mujeres estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Coahuila. La sesión se llevó a cabo el 10 de marzo, de 9:00 a 11:30 de la mañana, en el Aula Magna de Posgrado “José de Jesús Centeno Herrera”.

Antes de comenzar, quiero agradecer a la maestra Lariza Altamirano por la invitación y por abrir este espacio de diálogo entre la literatura y el derecho. También agradezco a los directivos de la facultad por hacerlo posible. No siempre estas dos disciplinas se encuentran, pero cuando lo hacen sucede algo muy interesante: el lenguaje de la ley se cruza con el lenguaje de la memoria.

El punto de partida del taller fue el libro El invencible verano de Liliana, de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, una obra que en 2024 recibió el Premio Pulitzer de Memoria o Autobiografía. Desde su publicación se ha convertido en un referente para pensar la relación entre literatura, memoria y violencia de género. Una de sus mayores virtudes radica en eso: desdibujar las fronteras que durante mucho tiempo separaron la narrativa, el testimonio, el ensayo y la investigación.



La historia parte de un hecho real. En 1990, Liliana Rivera Garza, hermana menor de la autora, fue asesinada en la Ciudad de México por su exnovio Ángel González Ramos. Liliana contaba con apenas veinte años. Estudiaba arquitectura, tenía amistades, proyectos, deseos de viajar y una vida entera por delante. Había tomado una decisión que para cualquiera debería ser simple: terminar una relación que ya no quería continuar.

Pero su agresor no aceptó esa decisión.

Treinta años después, Cristina Rivera Garza abre las cajas donde su familia guardó las pertenencias de Liliana: cartas, cuadernos, diarios, apuntes y fotografías. A partir de ese archivo íntimo comienza la reconstrucción no sólo de un crimen, sino de una vida. La autora intenta devolverle a su hermana la voz, su presencia, su historia. A través de recuerdos y testimonios de amigos, familiares y compañeros aparece una joven inteligente, irónica, curiosa, libre.

Y esa libertad resulta clave para comprender lo que ocurrió.

En los fragmentos que leímos durante el taller se hizo evidente algo importante: que la violencia no comenzó con el asesinato. Antes hubo señales claras: celos, control, persecución, manipulación emocional. Sin embargo, en 1990 muchas de esas conductas no se nombraban como violencia de género. Se hablaba de “problemas de pareja”, de “celos” o incluso de “crímenes pasionales”.

Una de las ideas que más trabajamos fue la diferencia entre el expediente judicial y la memoria narrativa. El expediente ordena los hechos, reúne pruebas y establece responsabilidades legales; es la herramienta con la que opera la justicia formal. La memoria funciona de otra manera: intenta comprender una vida, recuperar esos matices que no caben, en definitiva, en un documento jurídico.

Las alumnas hicieron observaciones muy certeras sobre todo aquello que la ley muchas veces no alcanza a nombrar: los afectos, las señales tempranas de violencia, las historias personales que quedan fuera del lenguaje jurídico. Me alegró escucharlas. Se nota que tienen una formación académica sólida, pero también una sensibilidad muy despierta.

Para alguien que se forma como abogada, esas dos cosas son fundamentales. El conocimiento técnico permite aplicar la ley con precisión; la sensibilidad ayuda a entender a las personas que están detrás de cada caso. Cuando ambas dimensiones se encuentran, la justicia, considero, deja de ser sólo un procedimiento y se vuelve también una forma más humana de mirar la realidad.

Durante el taller trabajamos con una dinámica sencilla. Primero narré la historia de Liliana como un relato, no como una clase. Después leímos algunos fragmentos del libro en voz alta. Cuando la literatura se escucha, la mente empieza a imaginar escenas, a reconstruir rostros, a sentir lo que ocurre dentro de la historia.

Luego conversamos.

Más tarde trabajamos en equipos con fragmentos del libro y para finalizar hicimos un ejercicio de escritura. Les propuse algo muy concreto: escribir una escena que el expediente nunca contaría. Podía ser un recuerdo, una conversación cotidiana, un pensamiento de Liliana. La idea era imaginar aquello que la lógica jurídica suele dejar fuera, es decir, los detalles humanos.

Al final del taller algunas estudiantes compartieron sus escritos. Varias imaginaron entradas de diario, como si Liliana hubiera dejado todavía algunas páginas más de su vida. Otras recrearon escenas posibles: conversaciones, poemas, recuerdos, instantes cotidianos que un expediente judicial difícilmente registraría. En varios de esos textos se percibía la tristeza acumulada, una especie de llanto silencioso que encontraba un lugar para expresarse.

Y aquí vale la pena decir algo importante: la literatura no sustituye a la justicia, pero sí puede ampliar nuestra comprensión de lo que significa perder a alguien. El título del libro, lo comenté, proviene de una frase de Albert Camus: “En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible”. 

Una de las participantes ofreció una interpretación muy certera de la frase de Albert Camus. Me habría gustado registrar ese momento, porque tal vez ahora no logre transmitirla con la misma claridad; aun así, lo intentaré de este modo: en el contexto de esta obra, ese verano invencible puede entenderse como la permanencia de la memoria. Aunque Liliana fue asesinada, su historia sigue relatándose.

La literatura, en ese sentido, se vuelve una forma de resistencia.

Y, por supuesto, una forma de justicia.



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