RESEÑA Entre luz y memoria: reflexiones sobre A contra luz... diálogos con un fantasma, libro de poemas de Francisco Navarro, por Nadia Contreras


A contra luz… diálogos con un fantasma es, para mí, un libro que se despliega como una respiración profunda en medio del silencio impuesto por la pandemia, un ensayo íntimo —casi urgente— de recuperar la voz cuando el mundo parecía haberla perdido. Al leerlo, su autor, Francisco Navarro no se limita a dejar constancia de un momento histórico, sino que logra convertirlo en una vivencia interior, sensible y profundamente humana.

El libro se sostiene en un diálogo entre Arnau —figura tomada de La catedral del mar, la novela histórica de Ildefonso Falcones— y Arcelia —poeta real, amiga del autor, convertida aquí en presencia espectral—, y ese diálogo se vuelve el eje que articula la reflexión, la memoria y la esperanza. No es casual que Navarro elija a Arnau. No he leído La catedral del mar, y me apoyo por ahora en lo que dicen las fuentes disponibles en Internet. Celebro, sin embargo, este encuentro entre libros que parecen llamarse uno al otro. Según lo que he encontrado, la novela —ambientada en la Barcelona del siglo XIV— sigue el ascenso de Arnau Estanyol, desde la servidumbre hasta la nobleza, en un camino marcado por la lealtad y la violencia de su época. Desde ahí, el Arnau de Navarro puede leerse como un eco simbólico: ya no carga piedras, sino preguntas, miedos y esperanza. Esta interpretación, apoyada en las referencias consultadas, busca mostrar cómo el diálogo poético mantiene la lucidez y la sensibilidad en tiempos de crisis.


Y ahora sí, me acerco al libro. La pandemia aparece desde el inicio como una “hojarasca del miedo” que cubre la tierra, metáfora que condensa la amenaza colectiva y desconcierto que todos reconocemos. Navarro no la describe desde la estadística ni desde la crónica —no hay números—, sino desde la interioridad: la pandemia como estado del alma, ese espejo que nos obliga a mirarnos una y otra vez. Y en este punto se revelan vínculos muy interesantes entre este libro y otras obras de la poesía hispanoamericana. Veamos: En Los heraldos negros de César Vallejo, ese quiebre se vuelve visible desde poemas como “Los heraldos negros”, donde el dolor aparece como un golpe inexplicable que atraviesa la vida. En Residencia en la tierra de Pablo Neruda, textos como “Walking Around”, “Galope muerto” o “Solo la muerte” expresan el extrañamiento, la angustia y la sensación de no encajar en el mundo. En el caso de Idea Vilariño, poemas como “Ya no” o “Carta I, II y III” nombran la pérdida y el amor desde una voz contenida, directa, sin consuelo. En esa línea, Navarro parece tener claro que la poesía aparece cuando la realidad se rompe y las palabras habituales no alcanzan. De ahí la fuerza de esta frase: “Hay que cambiar el sentido de las palabras para poder nombrarlos”.

El ritmo del libro me resulta pausado, casi meditativo, como una caminata lenta. El verso libre domina toda la obra, y esa libertad formal permite que el poema respire. Los encabalgamientos, las repeticiones —“Escribo… escribo… escribo…”—, las enumeraciones —“pan, abandono, fuego”— construyen una cadencia precisa. Algo que a mí me conmueve especialmente, es la manera en que la naturaleza se convierte en interlocutora. El poeta escucha “el canto del agua”, “el murmullo de los árboles”, “el canto diáfano de las piedras”, y esas voces funcionan como contrapunto a la angustia humana. La naturaleza no aparece como escenario de fondo, sino como un personaje más. Y aquí me viene a la mente la poesía de Juan Ramón Jiménez, cuando en Eternidades nos confiesa: “Estoy completo de naturaleza”. Cuando Arcelia dice: “Hay que regresar a la humildad de la hormiga, / a la paciencia del escarabajo”, no leo una metáfora decorativa, sino una ética clara y necesaria: la pandemia como llamado a recuperar la humildad perdida, a reconocer —por fin— que la vida humana no es el centro del universo, aunque nos cueste aceptarlo.

El libro está atravesado por la memoria, especialmente la memoria de la infancia. En varios poemas, Arnau recuerda el tiempo en que pegaba la cara a los cristales para escuchar el canto del agua o el instante azul en que un colibrí se detiene. La infancia aparece como territorio donde la vida aún no ha sido contaminada por la prisa, la avaricia o la guerra. Aquí evoco mi propia infancia, la que de algún modo inspiró los poemas de mi libro Mar de cañaverales, sobre Quesería, Colima: una infancia pura, transparente, con el aroma de la caña de azúcar y de las milpas; cercana al volcán, de fuego y nieve, y al horizonte que anunciaba el mar lejano. En este punto, no puedo evitar pensar en los poemas de Antonio Machado, donde la infancia es también espacio de revelación y de pérdida, un sitio al que siempre se vuelve, aunque sea con la memoria hecha polvo.

La muerte, inevitable en un libro escrito desde la pandemia, aparece con fuerza, pero nunca como final absoluto. En Siete espigas, el poeta escribe: “Cuando mi vida se apague, / seré ave de cristal en los caprichos / del viento”, imagen que transforma la muerte en tránsito, en metamorfosis. La presencia de Arcelia, fallecida en 2019, refuerza esta visión: ella no es un fantasma que aterra, sino una guía que ilumina. Su voz es la voz de quienes se han ido pero siguen acompañando. Navarro aquí se acerca a la tradición de la poesía de tono elegíaco, pero la renueva al convertir la elegía en diálogo, no en lamento solitario.

El lenguaje del libro es profundamente sensorial, colmado de imágenes luminosas: “corolas de luz”, “diáfana luz de las estrellas”, “árbol florido”. La luz es un símbolo recurrente, y para mí funciona como metáfora de la esperanza, el conocimiento y la revelación. Frente a la oscuridad de la pandemia, la luz aparece como resistencia, casi como acto político del espíritu. Incluso en los poemas más sombríos, como "Holocausto", donde la pandemia es “lluvia dolorosa” y “brasas negras”, la luz regresa al final como promesa: “Afuera, / querida Arcelia, todo tiene sentido…”. Y ese “afuera” es una puerta entreabierta.

El libro culmina con la despedida de Arcelia, que “se fue. / Así, como llegó”, pero deja una enseñanza que se queda conmigo: “cada día hay frutos frescos, / agua viva / en el cáliz de una nueva esperanza”. A contra luz… diálogos con un fantasma es, en suma, un libro que busca sentido en medio de la crisis. Navarro logra convertir la pandemia en un espacio poético donde la muerte no es silencio, sino conversación. Es un libro que acompaña, que consuela y que recuerda —con suavidad, pero con firmeza— que, incluso en los tiempos más oscuros, la poesía sigue siendo una forma de respirar.

Fotografía de portada tomada de Internet. Texto leído durante la presentación del libro el 05 de febrero de 2026. En la mesa participaron el poeta Francisco Navarro, Alfredo Loera y Nadia Contreras. Actividad organizada por el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, a través de la Coordinación de Literatura.

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