
Para A. M. G., quien dejó cicatrices en mi camino
Hay historias que no nacieron para quedarse en el olvido. Arden y, por eso, necesitan ser dichas. Cuando una se atreve a mirarlas de frente, aparece una verdad incómoda: la vida no siempre es justa; el amor —o aquello que alguna vez se nombró como amor— puede torcerse, volverse desigual, incluso cruel.
Las leyes, del mismo modo, no siempre alcanzan la justicia. En manos de quien ha perdido el corazón, se convierten en instrumentos fríos, quirúrgicos.
Yo me divorcié por segunda vez.
Y no, no dolió igual.
Porque el dolor también envejece con una.
No es lo mismo romper a los 33 que a los 48. A los 33 hay tiempo para empezar de nuevo mil veces. A los 48… la energía no es infinita, hay cicatrices que no cierran igual. La vida se vuelve más consciente, más frágil. Más honesta también.
Me separé primero en 2024.
Firmé el divorcio el 14 de septiembre de 2025.
Dos días antes de mi cumpleaños.
No voy a fingir perfección. Me equivoqué muchas veces, claro que sí. Diecisiete años al lado de alguien no se atraviesan sin tropiezos. Pero hay algo que puedo decir sin titubeos: yo me entregué. Aposté todo. Fui de esas personas que no miden cuánto dan, porque amar —cuando es de verdad— no se lleva en cuentas, se vive sin reservas. No escatimé.
Apoyé, sostuve, construí.
Desde aquellas deudas que contribuí a saldar cuando todo apenas comenzaba, hasta la casa que dejó de ser un espacio simple para convertirse en algo más amplio, más habitable: dos plantas, cochera, una terraza pequeña… en fin, una vida levantada poco a poco. El auto elegido —un Renault—, los que llegaron después, los gastos compartidos, los detalles que parecen pequeños pero sostienen los días… los cuidados clínicos, los viajes, esos gustos simples que hacen la vida más llevadera. Era reconfortante sentir que las personas a nuestro alrededor corroboraban mi entrega y apoyo al crecimiento de nuestra relación; se notaban inmediatamente los cambios. Eso decían, Alfredo.
Aquí hay algo que ningún papel, ninguna acta, ningún convenio podrá registrar: la forma en que una mujer sostiene. No solo con dinero, sino con presencia, con decisiones cotidianas. En efecto, no se firman, pero alzan estructuras.
No lo hice por obligación.
Lo hice porque así soy.
Y sí, él también aportó; reconocerlo es justo. Pero eso no redefine ni diluye lo que yo di. Sin embargo, hay momentos —y aquí es donde la vida se vuelve brutalmente honesta— en los que el amor se revela en su verdadera forma: en la enfermedad… y en la despedida.
Y ahí… el desgaste silencioso.
Él pidió la separación.
Él pidió el divorcio.
Y todavía resuenan en mí frases que no sé si fueron confesión o descuido: que en qué momento me “salí de sus manos”, que si me tenía justo donde quería… Ese tipo de lenguaje no habla de amor, sino de posesión. De haber sabido que enfermarías, nunca me habría metido contigo —eso dijo—; y, sin embargo, fue él quien tomó fotos sin mi consentimiento durante un acto sexual —fotos que yo misma borré de su celular—. Hay más episodios de esta naturaleza, pero elijo no nombrarlos todos aquí: no por falta de conciencia, sino por respeto a mí misma y a los límites que hoy sé poner.
Esa casa… dejó de ser mi casa.
El rechazo, incluso cuando se comprende, no se borra: permanece. Quienes hemos sido hijos adoptivos lo conocemos bien. Afina la sensibilidad frente a la expulsión, al abandono, y nos empuja a reaccionar no siempre desde la lógica, pero sí a una verdad humana.
Yo salía de una sepsis que me dejó al borde de lo fatal.
El cuerpo —el hígado, en particular— resiente el golpe, y cuando regresas, si es que regresas, algo cambia.
Yo regresé con una certeza: hay que vivir. Y vivir —esto casi nadie lo dice— implica también dejar de negociar la dignidad.
Esto también desagradó.
Aun así, lo nuestro pudo haberse reconstruido, pero hizo falta voluntad. La voluntad no se impone ni se declara: simplemente existe o no.
No pedía milagros.
Pedía algo mucho más simple, casi infantil: que me abrazara fuerte, que no me soltara, que me dijera “todo va a estar bien”.
Nunca ocurrió.
Y entonces me fui.
Tal vez hasta entonces podía sostener el final de una relación. Lo que vino después se volvió develamiento.
Envié un convenio de divorcio. Él no lo aceptó. Le pedí el suyo. Decidí firmarlo como estuviera. A veces la libertad cuesta, y no siempre se paga con dinero.
Mi abogado me lo dijo claro:
“No te beneficia”.
Confiaba —y qué traicionera puede ser esa fe— en que, al final, algo de bondad iba a asomarse en él.
No ocurrió.
Y esto aún no logro acomodarlo del todo.
¿Cómo puedes tratar así a alguien a quien dijiste amar? Entonces surge la sospecha más dura: quizá no me quiso, quizá no me amó, quizá fui solo funcional. El papel —ese documento indiferente— se convirtió en espejo brutal, no solo de mi propia historia, sino de algo más vasto, más áspero, más profundo: una experiencia que atraviesa a tantas mujeres, en tantos lugares.
En un lenguaje legal, aséptico, desaparecen años de vida. Todo se reduce a embarazo o no embarazo, a bienes o no bienes. El amor, el tiempo, la energía, el apoyo emocional y económico… no existen si no están inscritos en una cláusula.
Ahí estaba, por ejemplo, esa frase:
“no se encuentra en estado de embarazo, así como no adquirimos ningún tipo de bienes en común”.
Si no hay hijos ni propiedades, entonces no hay nada que contar. Pero el documento no se detiene ahí. Porque cuando dice que “no adquirimos bienes en común”, no solo describe: invalida todo aquello que no pasó por un notario. Es decir, todo lo que se invierte sin factura —emocional, económico, cotidiano— queda fuera del mundo “real”.
Después, otra línea:
“cada uno fuimos independientes en cuestiones de vestido, salud y gastos personales”.
Mi independencia —esa que se celebra en los discursos— aquí se volvió en mi contra. Ser autosuficiente me despoja del derecho a cualquier reconocimiento. Entonces, ¿la mujer fuerte no merece nada, aun cuando haya sostenido? ¿Quién se atreve a responder esto? ¿Tú, Alfredo?
Y más adelante se repite con insistencia jurídica:
“ambos contrayentes hemos sido independientes económicamente en todo momento”.
Dicen: “no hay repetición inocente”. Funciona como un martillo: fija la idea de que, por ser independiente, no existe deuda moral, ni económica, ni simbólica. ¿El vínculo generó interdependencias reales? Otra pregunta.
Luego:
“los gastos que compartíamos eran meramente de manutención del hogar, pagos por servicios básicos y viajes”.
Ese “meramente” anula toda una vida, una casa transformada, años de inversión, decisiones y cuidados. ¿Ampliar, mejorar, sostener un espacio no fue construir un patrimonio, sino apenas habitarlo?
Y la insistencia, casi obsesiva:
“no se procrearon hijos”.
Repetido.
Subrayado.
Reafirmado.
¿Será que él necesita convencerse a sí mismo de que, al no haber hijos, no hubo historia suficiente? Sin hijos, la mujer no cuenta. Su valor se mide por su capacidad de procrear. Todo lo demás —la producción intelectual, lo que tomó forma con el tiempo, el sostén emocional— queda fuera del registro.
Después se menciona mi nombre completo, mi actividad, mi empresa, incluso mi trabajo actual.
En apariencia es información neutral.
En realidad, funciona como argumento.
“Tiene empresa.”
“Trabaja.”
Traducción: puede sola.
Y en ese “puede sola” se justifica todo lo que no se da.
El apoyo fijado —mínimo, sin incremento, no vitalicio— confirma esa lógica: no se trata de reconocer, sino de cumplir apenas con una formalidad que no incomode.
Una frase más adelante resulta sumamente reveladora:
“no existe ni existirá ningún tipo de indemnización… por el hecho de haber contraído matrimonio ni por el tiempo que duró”.
¿Qué podemos interpretar? La negación absoluta: ¡El tiempo de una mujer no genera derechos! El documento no solo borra el pasado, también intenta controlar el futuro. Establece que “ambos intervenientes se obligan a preservar una convivencia de respeto, cordialidad y no violencia”.
Suena impecable.
Casi ejemplar.
Se anticipa el conflicto como si fuera equivalente, como si ambas partes partieran del mismo punto, ignorando que él se queda con todo —el espacio, la estabilidad y la comodidad de lo propio— mientras yo no.
Más adelante se estipula:
“no generar reclamos o agresiones por diferencias”.
El lenguaje es disciplinario, sin duda. Reclamar —es decir, nombrar la injusticia— se equipara con agredir.
Alfredo, ¿es una forma elegante de pedir silencio? En medio de todo eso: “someterse al tenor de las siguientes cláusulas”.
Someterse.
No acordar.
No dialogar.
Someterse.
El domicilio aparece descrito como “conyugal”, pero ese “conyugal” no me pertenece. Se nombra como si fuera compartido, aunque en la práctica dejó de serlo. Esto que narro no es una exageración; es el sentido que le doy a todo lo vivido al lado de esta persona. También es entender que el lenguaje construye realidades:
Lo que no se nombra, desaparece.
Lo que se repite se convierte en verdad jurídica, aunque en la vida no lo sea.
Lo que este documento deja en claro y, aún más, lo que asoma del corazón y la conciencia de Alfredo en cada frase, revela un patrón reconocible: la mujer sin hijos vale menos, la mujer independiente merece menos y la mujer que dio sin registrar… pierde.
Por eso hablo de esto.
Yo no soy ese papel.
No soy esa reducción.
No soy ese contrato.
Sigo con mi vida.
Sigo preparándome.
Sigo con mi trabajo diario.
Mis amistades me devolvieron la fe y el respaldo de la familia. Y, sobre todo, sigo confiando con firmeza en el amor. Hay algo que también sé: nada ni nadie va a quebrarme.
Soy todo lo que no pudieron escribir.
Y también —esto es importante— soy la que ahora sí se lee a sí misma con claridad.
Imagen tomada de Inernet.
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