El fin del mundo también es una pregunta: Laura Luz Morales en la Galería del IMCE, por Nadia Contreras


Las que imaginan el fin del mundo”, impartida por Laura Luz Morales el pasado miércoles 18 de marzo en la Galería del IMCE, como parte del Encuentro cultural Las mujeres toman Torreón, fue una de esas charlas deliciosas, tanto por la información —vasta, precisa, bien hilada— como por la forma en que fue colocando, una sobre otra, las preguntas esenciales: el cuerpo, el poder, el lenguaje, el futuro.

Laura es escritora, profesora y productora audiovisual, autora de novelas como Xibalbá (2016) y ¿Cómo crees que se enamoran los patos? (2018). Ha coordinado y editado diversos libros; ha sido becaria del PECDA, tutora del programa Jóvenes Creadores del FONCA en la disciplina de novela y, actualmente, es catedrática en el Epic Film Institute en Saltillo, Coahuila, México.


Desde el inicio planteó algo que, aunque parece evidente, no lo es: “La ciencia ficción es el género en el que imaginamos otros mundos posibles a partir de avances científicos, sociales y tecnológicos”. Sin embargo, giró la conversación hacia algo más incómodo, más cercano a lo filosófico, al recordar —siguiendo a Ursula K. Le Guin— que es arrogante creer que el mundo en el que vivimos es el único posible. A partir de esta premisa, la charla dejó de centrarse en la literatura para convertirse en una reflexión sobre los límites de la imaginación. Y aquí retomo una de sus ideas: “la ciencia ficción no consiste en predecir el futuro, sino en revelar el presente”.

Antes de los grandes nombres masculinos del canon, antes de la fascinación tecnológica, nuestra invitada nos condujo hacia Mary Shelley. “Frankenstein se puede considerar la primera novela real de ciencia ficción”. Lo que hace Shelley no es imaginar un avance científico, sino problematizarlo: introduce la ética, la responsabilidad, el límite. Y es ahí donde la novela se conecta con el presente, en un momento en que los avances tecnológicos —como la inteligencia artificial— vuelven a poner sobre la mesa las mismas preguntas incómodas sobre hasta dónde podemos llegar. Por ello, el monstruo no es nada más una criatura; es una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando el ser humano juega a crear sin asumir las consecuencias? 

A partir de ahí, la ponente trazó la ruta de su análisis: tres novelas escritas por mujeres en distintos momentos históricos, tres formas de imaginar el mundo —o su colapso— desde una perspectiva feminista.

La primera, Herland, de Charlotte Perkins Gilman, publicada en 1915, aparece como una utopía radical. “Es un mundo perfecto donde no existen los hombres”, explicó. No obstante, lo relevante no es la ausencia masculina en sí, sino lo que esta permite imaginar: una sociedad basada en la cooperación, el cuidado y la educación; donde la maternidad es colectiva, donde no hay guerras y donde la violencia deja de ser destino para evidenciarse como un constructo cultural.

Lo más agudo de la novela —y Laura lo subrayó con humor— es que los hombres que llegan a ese mundo no pueden concebir que haya sido construido por mujeres. Insisten en que debe haber hombres detrás de esa organización, de esa armonía. Y ahí la autora no argumenta: se burla. Hay algo muy político en esa risa.

Setenta años después, esa risa se transforma en advertencia con El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Aquí no hay utopía, sino distopía. La expositora leyó fragmentos del prólogo donde Atwood insiste en que su novela no es una predicción, sino una “antipredicción”: todo en ese mundo parece posible.

La novela plantea un régimen que controla el cuerpo de las mujeres, utiliza la religión como justificación, elimina la identidad individual y reduce a las personas a funciones. 

“Nada de lo que pasa aquí es inventado”, recordó Laura, citando a la autora. En ese sentido, la obra no imagina algo plenamente nuevo, sino que reorganiza elementos que han existido: opresión, control, fanatismo. Oír este análisis en el contexto actual —con tantos retrocesos en derechos— generó una incomodidad difícil de esquivar entre quienes estábamos ahí.

La charla se desplazó hacia el presente con La mucama de Omicunlé, de Rita Indiana, una obra que rompe con las estructuras anteriores. Aquí el cuerpo deja de ser un límite fijo y se convierte en un territorio transformable. “El cuerpo no es fijo, es fluido, transformable y cargado de poder”.

La novela articula crisis climática, viajes en el tiempo, identidad de género y espiritualidad caribeña, construyendo una narrativa en la que el feminismo no es solo una crítica al patriarcado, sino una apertura hacia otras formas de existencia. Se trata de un feminismo interseccional, atravesado por la raza, la clase y la historia colonial. Y, sobre todo, como señaló la expositora, es una mirada que no surge desde el centro, sino desde los márgenes.

Esa transición —de la utopía a la distopía, y de ahí a la transformación— fue, quizá, uno de los hallazgos más claros de esta sesión:

Herland representa lo ideal.
El cuento de la criada, lo peor posible.
La mucama de Omicunlé, lo que aún puede cambiar.

Si algo quedó claro, es que la ciencia ficción escrita por mujeres no se limita a imaginar futuros, sino que cuestiona las estructuras que damos por sentadas: el género, el poder, el cuerpo, la historia. 

La charla cerró con una invitación muy clara: acercarse a estas tres obras y seguir explorando el género, pero sin encasillarlo demasiado. Más bien, pensar la ciencia ficción como algo vivo, en evolución. Porque ahí cabe de todo: la especulativa, que imagina otros mundos; la distopía, que te pone de frente lo peor que podría pasar; la feminista, que cuestiona el cuerpo y el género; la climática, que, bueno, ya sabemos… todo esto que estamos haciendo con el planeta. Y también otras líneas más recientes, como el afrofuturismo o estas miradas interseccionales donde se cruzan la raza, la clase y la identidad. 

Puedes ver un fragmento de la trasmisión AQUÍ

Una actividad del IMCE y la Coordinación de Literatura.

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