Sombras negras


¿Qué mueve a los hombres a escribir, a pintar, a construir, en otras palabras, a crear? ¿Pasar de la invisibilidad a la visibilidad? ¿Lo eterno? Expresar el sentir y el ser y cómo éstos crecen o disminuyen con los años. No sé si nuestros antepasados entendieron esto, pero nos dieron un punto de partida para que pudiéramos conocerlos y estudiarlos. El hombre visible, palpable; el hombre, los hombres formando familias, sociedades, religiones, culturas.

Hay quien afirma que la inteligencia se mide a través de las cosas que el hombre crea o fabrica. O, dicho de otro modo, el arte responde a hábitos, capacidades, inclinaciones. Estoy de acuerdo en ello si agregamos el término “persistencia”. Al hombre le gusta transmitir, heredar. Desafortunadamente no todo lo que se transmite o comparte, es bueno. El odio por ejemplo no debería endosarse. Hay quienes sí lo hacen y los hijos crecen con odio como si se trata de un puño de tierra seca en las manos. Odio por el padre, por la madre, por aquellos que difieren de los estereotipos, por aquél que se ha visto y tratado apenas.

Pueblos bárbaros, sanguinarios, pero que fundaron. No justifico sus batallas, las pérdidas humanas; pongo los ojos en lo heredado, esas grandes construcciones, el conocimiento del universo, la poesía, la filosofía, la religión… Todo eso frente a nuestra herencia. ¿Cómo deberán estudiarnos las generaciones futuras? ¿Cuando hayan pasado siglos y siglos, de qué sociedad les hablaremos? Además de una tecnología arcaica, ¿que podrá maravillarlos? Las guerras no deben sorprendernos, la incapacidad para llegar a acuerdos sí, pese al lenguaje y a las herramientas de comunicación más sofisticadas.

En lugar de los grandes centros ceremoniales, obras de arte, obras literarias, bibliotecas, las futuras generaciones, es decir, nuestros bisnietos, tataranietos... verán (si es que son capaces de ver porque también heredamos la ceguera) nuestra apuesta de muerte. Volvemos a ese estado primitivo donde importaba cazar, comer, gritar, beber; donde la agitación era orgía o tomar la espada y lanzarse a la guerra. Volvemos a ese estado, pero desde la comodidad de los escritorios, la computadora al frente o el celular.

Nuestro corazón está puesto en estos artefactos, en esta sociedad de pechos huecos y sangre fría, y lo que creamos es dolor, separación, formas de vivir en el crimen, para el crimen. Y las emociones suceden demasiado rápido, de ahí que repitamos una y otra vez el horror. Este es nuestro legado, miren nuestro rostro, nuestro corazón, nuestras piernas y manos, no como las olas siempre rejuvenecidas, grandes, ondulantes. Somos sombras negras, largas como la derrota.

Ilustración | Magdalena Korzeniewska

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